Leonardo es un diseñador de moda y tiene la fortuna de vivir, con su pequeño núcleo familiar -esposa e hija adolescente- nada menos que en la Casa Curutchet de La Plata, la única que el célebre arquitecto francés Le Corbusier diseñó en esta zona del planeta. Para desgracia de un apreciador del arte como él, una mañana lo sorprenden unos golpes de maza. Sólo le basta observar por la ventana del living para descubrir que, en la medianera lindera con su propiedad, justo en un aire y luz abierto, un vecino pretende abrir una ventana. Enojadísimo, pero con delicadeza, intima al desconocido a que cese la tarea, a lo que Víctor -tal como se presenta- con voz aguardentosa le responde que sólo quiere "un cachito del sol del que vos no usás" para iluminar esa habitación.
Leonardo ya no será el mismo que un rato antes. La puja por ese agujero en la pared, frente a una casa como la suya, de esas que se estudian en las cátedras de historia en las facultades de arquitectura de todo el mundo, lo atormenta. También lo enloquece la forma de ser de ese vendedor de autos confianzudo y "grasa" que se entremete en su vida, y en su casa, peligrosamente.
Este relato, idea original de Andrés Duprat, sirvió como punto de partida a su hermano Gastón y a Mariano Cohn, los autores de Yo, presidente y El artista para llevar adelante El hombre de al lado , la película que después de ganar premios a la mejor ficción en la sección World Cinema del Festival de Sundance, en Mar del Plata, Toulouse y Lérida, pasado mañana estrenará Primer Plano.
En la realidad, el duelo es entre Rafael Spregelburd y Daniel Aráoz, en su primer papel dramático. "Un día -recuerda Cohn- nos invitaron a un programa de TV. Allí escuchamos la voz de Aráoz. Me pareció que sonaba en subwoofer . Era el Víctor perfecto", asegura.
Los directores comenzarán la semana próxima la producción de un nuevo desafío de casting, titulado Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo, un relato inédito de Alberto Laiseca que tendrá como figuras a Emilio Disi y Darío Lopilato, y al español Eusebio Poncela.
-¿Cómo lograron construir personajes tan diferentes?
Cohn: -La diferencia surge de la realidad: Daniel viene de la TV, mientras que Rafael, principalmente, del teatro. Cuando los juntamos para conocerse, ya se daban chispazos.
Duprat : -Tienen en común que son actores hiperprofesionales, con herramientas increíbles. En la película su aporte excede lo actoral: fueron miles de detalles que terminaron construyendo lo que se ve. Son actores geniales.
-Hay mucho trabajo físico, gestual y con las miradas?
Duprat : -Daniel nunca había hecho un papel dramático, y nosotros estábamos convencidos de que podía hacerlo y de una manera increíble. Le dimos confianza: el cine es un medio que no tiene nada que ver con la TV, porque no existe la improvisación; todo está planeado, medido y acotado. Daniel es más de la improvisación.
-¿Cómo fue el rodaje?
Duprat : -Aunque parezca mentira, el rodaje fue cronológico: la primera escena es la primera; la segunda, la segunda, y la tercera, si llueve, llueve. Hasta se nota que les va creciendo la barba. Para los actores fue productivo, pero, para nosotros, fue una incomodidad en cuanto a producción.
-Es un humor tensionado?
Cohn : -Sí. Eso actuó como fusible porque las situaciones, si bien resultan cómicas, no apuntan a lo cómico. Teníamos en claro que no debía desbarrancar lo grotesco ni lo explícito, sino preservar la tensión y la incomodidad, con risas algo tensas.
-¿Cómo vienen siendo las reacciones del público?
Duprat: -En el Festival de Mar del Plata, la gente se mataba de risa y al final lloraba: la identificación con los personajes va y viene. Estaba previsto que el espectador no pudiera empatizar del todo con ninguno... Quisimos retratar, además, el miedo a lo distinto. Lo distinto varía de persona a persona, y hay cada vez más miedos. Uno no elige quién te mira o no, y cuando es alguien muy diferente que te mira, la cosa se puede poner pesada.
Por Claudio D. Minghetti
De la Redacción de LA NACION