A pesar de que su embestida contra los medios de comunicación independientes se está volviendo cada vez más accidentada, los Kirchner están dando muestras de no conseguir revisar su estrategia. La maniobra para capturar Papel Prensa tuvo ayer otro revés cuando la Cámara de Apelaciones en lo Comercial dejó sin efecto la intervención sobre la empresa (ver por separado). Como en una reacción mecánica, el Gobierno reglamentó la ley de medios, sobre la que pesa una suspensión judicial. Una forma de expresar que, en esta guerra, está dispuesto a ignorar a los tribunales.
El avance sobre la prensa parece ser el único recurso en el que confía el oficialismo para hacer frente a una pérdida de autoridad que comienza a resultar llamativa. Desde hace poco más de una semana, Néstor Kirchner protagoniza un fenómeno novedoso: su poder, que ya era escaso en la opinión pública, ha comenzado a disminuir ante las elites. Ya no se trata de una contrariedad con el electorado. Hay resortes institucionales y corporativos que empiezan a no responderle. La seducción la perdió hace tiempo. Ahora está perdiendo la disciplina.
El episodio más reciente de este proceso se verificó anteayer, con el triunfo de dos adversarios del oficialismo, Alejandro Fargosi y Juan Pablo Zanetta, en la elección de los abogados porteños para el Consejo de la Magistratura. Es casi seguro que, cuando se elija al representante de los letrados del interior, ganará una lista identificada con la oposición. Lo mismo sucedería en los comicios para seleccionar a los delegados de los jueces, que se realizarán el próximo 15. Conclusión: el Gobierno corre un serio riesgo de perder, hacia fin de año, el control del Consejo. Mala noticia para los Oyarbide de esta tierra, algunos de los cuales están pensando en jubilarse antes de diciembre.
Lo primero que llama la atención en la elección de Fargosi es el caudal de votos: casi 6000, el doble de los que sacó Jorge Rizzo, el presidente del Colegio Público de Abogados. Participaron 10.000 personas, de las cuales 2500 serían independientes. La concurrencia y el resultado son pésimas novedades para Olivos. Rizzo es Aníbal Fernández, es el sindicalista Julio Piumato, es Carlos Kunkel y Diana Conti, es el sistema judicial kirchnerista. Rizzo, que hace menos de un año se había impuesto en los comicios del Colegio, fue esta vez arrastrado por la ola de hastío que se levanta frente a la política institucional del Gobierno. ¿Es un malestar reducido al reino de la abogacía o está anticipando un movimiento social de mayor amplitud?
No hay que imaginar, de todos modos, que a ese resultado se llegó por obra de la espontaneidad. Detrás de Fargosi se alinearon el macrismo -Federico Pinedo, Juan Curuchet, Daniel Angelici- y algunos dirigentes del PJ disidente -Ramón Puerta, Graciela Camaño-. Zanetta representa a los abogados radicales, sobre todo a los allegados a Ricardo Alfonsín y Ricardo Gil Lavedra, aunque también recibió el saludo de Ernesto Sanz y Julio Cobos. La conjura opositora esta vez resultó eficaz.
El empresariado también salió de órbita. Como la UIA resolvió ausentarse de la mise en scène contra Papel Prensa, Cristina Kirchner pasará el Día de la Industria en la Confederación de la Mediana Empresa (CAME), del fidelísimo Osvaldo Cornide, quien obtendrá el reconocimiento por los aplausos con que apoyó los ataques contra LA NACION y Clarín en el Salón de los Héroes. Sólo falta premiar al otro concelebrante, el ambientalista Angelo Calcaterra. Es primo de Mauricio Macri, pero álter ego de Lázaro Báez.
Los industriales tenían pensado conmemorar su fecha en Entre Ríos, sin la Presidenta. Pero el titular de la UIA de esa provincia, Carlos Galuccio, desinvitó a sus pares explicando, por escrito, que prefería mantener sus excelentes relaciones con el gobernador Sergio Urribarri. Galuccio es el titular de la constructora Luis Losi SA, que ayer fue la única oferente en la licitación provincial de la autovía del acceso norte a Paraná. A Urribarri le indicaron desde la Casa Rosada que alineara a los industriales entrerrianos con el Gobierno. La novedad es que desde la UIA decidieron que todo tome estado público, para que quede más claro que el compromiso con los Kirchner está roto (ver Economía, Pág. 2).
El vínculo del matrimonio con la corporación sindical también se está modificando. Si bien la amistad con Hugo Moyano parece invariable, ahora es el camionero quien conduce la relación. Moyano capturó por las suyas la jefatura del PJ bonaerense, mientras su hijo Pablo recorre el conurbano tomando empresas. Todavía no terminó la conciliación obligatoria en el conflicto de Siderar y ya bloqueó cinco plantas del corralón Rabe. El objetivo es que las compañías que contratan camiones garanticen los aportes patronales de los transportistas. En enero próximo ese aval quedaría oficializado en el convenio colectivo de los camioneros. Por lo tanto, ninguna empresa podrá trasladar su carga si antes no consigue el libre deuda que extenderán los gremialistas. De paso, los Moyano aspiran a sindicalizar a los innumerables camioneros que trabajan por cuenta propia como monotributistas. Detrás de este objetivo, el secretario general de la CGT y su hijo comenzaron a afectar actividades decisivas para la reactivación económica, como la siderurgia y el montaje de automóviles. Julio De Vido, el preceptor habitual de Moyano, debió pedir la solidaridad de los empresarios afectados para apagar el incendio. Los Kirchner, debilitados, ya no controlan a Moyano. Han comenzado a ser controlados por él.
La expansión del camionero produce malestar en el peronismo bonaerense. No sólo entre los intendentes a los que Moyano amenazó con no recoger la basura si se negaban a aceptar su jefatura en el PJ. También Daniel Scioli está incómodo. El gobernador, que se retrata con Pimpinela o Ricardo Fort convencido de que así recuperará algo del afecto de la clase media, detesta la cercanía de Moyano, quien concentra un 70% de imagen negativa. La Presidenta y su esposo mortifican a Scioli con esa compañía y, por si fuera poco, lo menosprecian alentando la candidatura de Sergio Massa para ocupar su cargo. Scioli calla, confiando en que "la gente sabe interpretar" sus silencios. Pero también escucha. Por lo menos cinco intendentes, coordinados por un ministro de su gabinete, han comenzado a alentarlo para que se postule para la presidencia enfrentando a Kirchner. Mejor no imaginar lo que sucedería si se profundizara este divorcio. Sería el desprendimiento de la corporación imprescindible. La del aparato bonaerense.