Apoyándose en la transgresora militancia de sus hijos, Hugo Moyano profundiza su ofensiva. En el campo sindical sigue "apretando" a las empresas mediante una ola de bloqueos para ampliar el encuadramiento de un número creciente de trabajadores en su sindicato de camioneros. En el campo político ha pasado a encabezar el poderoso Partido Justicialista bonaerense en lugar de Alberto Balestrini, que continúa gravemente enfermo.
¿Hasta dónde quiere llegar Moyano? En el área sindical pretende nada menos que incluir dentro de su liderazgo a "todo lo que se mueve" en la Argentina, mucho más allá del transporte sobre ruedas. Ha ingresado además en el escenario político, donde la gobernación de Buenos Aires empieza a brillar en el horizonte de su ambición.
Pero estos logros y estas metas no habrían sido posibles sin el favor de Néstor Kirchner. La estrategia del ex presidente es procurar la destrucción de sus rivales porque para él "ganar" significa que los otros "pierdan". Este impulso universalmente agresivo admite sin embargo dos excepciones generadas, en lo internacional, por el temor al gigante norteamericano y, en lo interno, por el recelo ante el gigante sindical.
El sueño de Moyano, dicen sus íntimos, es seguir los pasos del legendario Lula, quien también trepó de lo sindical a lo político hasta alcanzar por dos veces la presidencia del Brasil. Pero hay diferencias. Mucho antes de triunfar, Lula ya se había internado en la vida política, en cuyo transcurso vio frustrarse su candidatura presidencial dos veces a manos, entre otros, de Fernando Henrique Cardoso. Por otra parte, la febril ambición de Moyano ha suscitado la abierta resistencia de sindicalistas como el pintoresco "Pata" Medina, del combativo gremio de la construcción.
Kirchner, a su vez, ¿ve a Moyano como un aliado o como un peligro? Algunos interpretan la larga detención del dirigente bancario Juan José Zanola, decidida por el juez kirchnerista Norberto Oyarbide, como un "aviso indirecto" del propio Kirchner a Moyano, cuyas cuentas sindicales no son claras, para que le ponga un límite a su ofensiva. ¿Llegará el día en el que Kirchner, finalmente, le baje el pulgar?
Esta pregunta es reversible. Si Kirchner no quiere a nadie, ¿llegará acaso la lealtad de Moyano hacia él hasta una subordinación sin límites? ¿O ambos reservan, en el fondo de sus conciencias, la perspectiva de una confrontación decisiva entre ellos? En la provincia de Buenos Aires, Kirchner parece contar hoy con dos delfines. Scioli y Moyano. Aquél, si bien no cesa en sus ditirambos a Kirchner, también deja ver, con incansable sutileza, que él no es como su jefe porque, al revés de él, no agrede a nadie. Moyano, por su parte, ¿no esconde detrás del alineamiento cotidiano con el ex presidente su propio proyecto de poder?