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Riñas dentro de un tupper

Fueron 40 minutos. En menos de lo que lleva un discurso promedio de Cristina Kirchner, el Congreso volvió a funcionar esta semana como esa maqueta a escala (a la vez pequeña y enorme) de la vida política nacional. En el escenario se cruzaron, una vez más, oficialistas y opositores, sus cálculos, intereses y prioridades. Abajo, deambulando entre las butacas, hombres y mujeres de a pie cansados de un espectáculo que enoja y cuyo guión podrían recitar de memoria. Y no porque la trama les resulte apasionante.

Riñas dentro de un tupper Esta vez, quedó trunco el debate de dos proyectos para prevenir y combatir las salideras bancarias. El presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Fellner, levantó la sesión con una puntualidad desconocida en los viejos tiempos de holgura. Y no fue por diferencias respecto de cómo abordar la inseguridad. Fue para frustrar el plan opositor de cambiar la ruta que el kirchnerismo ya trazó, y quiere imponer, para debatir el proyecto sobre Papel Prensa.

Agustín Rossi repitió la frase como un mantra: "Que del quórum se ocupen ellos". Pura lógica de los tiempos que corren. Ocupar las bancas habría implicado abrirle las puertas a un revés precoz en la pelea por Papel Prensa. Primera paradoja: la iniciativa oficial para regular la venta de papel todavía no se mencionó en el recinto, pero los tironeos a su alrededor ya alcanzaron para frustrar una sesión. Segunda paradoja: en el temario que ayer quedó en la nada había un proyecto para reincorporar la figura del infanticidio al Código Penal. ¿Su principal impulsora? La ultrakirchnerista Diana Conti.

Incongruencias aparte, el mensaje está clarísimo. El oficialismo sólo impulsará los debates que le convengan y siempre que las reglas sean las propias. El resto del tiempo, mientras llegan los días de campaña, será esperar y cuidar que nada se salga de cauce.

En la oposición los insultos corrieron en todas las direcciones. El núcleo duro del no kirchnerismo acusó al bloque oficialista de negarse a discutir cuestiones "que afectan a las personas en su vida real". Los insultos hacia adentro corrieron con la misma energía. Las cuentas de la oposición volvieron a fallar en la recta final. Faltaron seis diputados para que la sesión quedara habilitada sin necesidad de kirchneristas en el recinto. No estuvieron varios radicales y miembros de GEN, entre otros. Los que se sentaron antes de que Fellner bajara el telón acusaron a los gritos a los kirchneristas pero, por lo bajo, insultaron a los responsables de las bajas internas. Los rezagados ensayaron las mil y una excusas. Quedaron cortas.

Néstor Kirchner acusó a la oposición de hacer desaparecer sus diferencias "con tal de terminar con el Gobierno". Fue después de proclamar, sin sonrojarse, que el gobierno de su mujer representa "el verdadero progresismo". Incluso planteó que los diputados que rechazan el proyecto sobre Papel Prensa deberían presentar uno alternativo. Sus ausencias reiteradas al Congreso no lo inhibieron a la hora de dar consejos.

Detrás del ruido de las acusaciones y las chicanas, que a veces amenaza con volverse ensordecedor, una certeza se consolida. El "nuevo" Congreso nada tiene que ver con la realidad. Ni siquiera como expresión de deseo. Ya descansa en la poblada tierra de las quimeras. El paso de los meses sólo confirma que, moviéndose como un péndulo entre la parálisis, los debates frustrados y las discusiones estériles a los ojos de la sociedad (y a sus espaldas), el Parlamento poco y nada tiene para mostrar en forma de resultados concretos. La muerte del cambio que nunca fue interpela a opositores y oficialistas por igual.

El presidente de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti, lo sintetizó con crudeza. "En los últimos 50 años existe una abrumadora diferencia entre lo que se declara en el discurso público y en la legislación, por un lado, y, por el otro, la realidad que vive el ciudadano", advirtió en la Conferencia Nacional de Jueces.

"Esto es maquillaje político. ¿Cómo hago para medir la gestión de esta gente? Todos los que trabajamos tenemos que rendir y esta gente no rinde". La sentencia es de Juan Ignacio Buzzali, marido de Carolina Píparo. Hace poco más de un mes, unos días antes de parir, la mujer salió de su casa para sacar plata de un banco. Desde entonces, pasa sus horas en un hospital recuperándose de un balazo y de la pérdida de su primer hijo. El joven habla de quienes tienen responsabilidades ejecutivas en la provincia de Buenos Aires. Pero su impotencia y desamparo también tienen como destinatarios a los hombres y mujeres que, una vez más, no discutieron los temas que podrían haberle cambiado la vida, ahora que ya cambió. Y para siempre.

Por Lucrecia Bullrich
De la Redacción de lanacion.com

Viernes 3 de setiembre de 2010

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