Mi pasajero de aquella tarde era un señor de muy buena vestimenta. Tenia alrededor de 50 años de edad. Su destino era la zona norte del gran Buenos Aires, donde este hombre vivía en hotel de gran categoría.
Al cabo de un rato de avanzar por las avenidas y conversando de cosas intrascendentes, el pasajero comenzó a contarme una historia que puede parecer increíble pero que era real. Imagino además, que a muchas otras personas de seguro les pasó también.
El señor era dueño de una importante empresa relacionada con las autopartes y además estaba vinculado a nivel gerencial en otras firmas. Estaba casado y tiene tres hijos, dos varones mayores y una hija de 17 años.
Por cosas de la vida, se encontraba en trámites de divorcio y estaba viviendo solo en el departamento que ocupaba en el hotel.
Este señor es un ejecutivo exitoso, con una casa en la localidad de Martinez, un country en Pilar y veraneos en Punta del Este y Miami. Todos los días llegaba a su empresa y era recibido por su secretaria de 24 años. Por supuesto él estaba deslumbrado por ella y su juventud. Durante muchos meses intentó invitarla a salir haciéndole regalos costosos con el propósito de pasar juntos algún fin de semana en su casa de Punta del Este.
Siempre recibía por parte de ella alguna excusa para no concretar la cita.
Pero finalmente un día pudo concretar el objetivo, logrando salir con la señorita por unas pocas horas.
Entonces fueron a un albergue transitorio ubicado en la zona cercana a sus oficinas, sin tener necesidad de concurrir en auto.
Llegaron caminando y del brazo al establecimiento y al entrar se cruzaron con otra pareja que salía del mismo lugar, se produjo un breve cruce de miradas y nada mas.
Luego de los trámites de rigor, ocuparon una habitación y al cabo de unas horas se marcharon. Él intentó inventar varias explicaciones ante la señorita por su mal desempeño y volvieron a la oficina.
Durante algunas semanas la jovencita intentó que el ejecutivo volviera a invitarla a salir con ella pero ahora era él quien ponía evasivas para evitar el encuentro.
Ante mi sorpresa con este relato, me confesó: "Imagínese, como no iba a fallar, si la pareja que había salido del albergue cuando nosotros ingresábamos, eran, mi esposa y el contador".
No supe que contestarle, se quedó en silencio hasta que llegamos a destino, yo tampoco atiné a realizar ningún comentario. Sólo me quedó esta anécdota en mi memoria y frecuentemente cuando paso por la puerta de aquel lugar de la Avenida Juan Bautista Alberdi, me imagino la situación en el cruce de aquel pasillo de acceso al albergue transitorio.