Lionel Messi comienza a sentirse arropado por todos
El crack de Barcelona se llevó del Monumental la mayor ovación desde que juega en el equipo nacional; estuvo a gusto en el esquema de Batista, al que volvió a respaldar: "Ojalá sigamos de esta manera...".
Ese maldito gol que tanto se le negó en Sudáfrica apenas tardó 9 minutos en abrazarlo, cómplice y dulzón. Caprichoso, también. Sería el primer guiño en la tarde del reencuentro. La lupa, cruel, morbosa, se detendría con su peso escrutador. Volvía a jugar en Buenos Aires después de casi un año, con la frustrante carga del Mundial encima y justo ante España, su fábrica futbolística, el epicentro desde el que se encarga de encandilar al mundo y desplegar esa plenitud futbolística que en cada arranque eriza la piel. Sabía que estaría expuesto. ¿La versión galáctica azulgrana o el futbolista terrenal que se enfunda en celeste y blanco? Otra vez conminado a desfilar por esa cornisa ingrata que hasta se atreve a dudar de su argentinidad.
Durante los últimos días la ansiedad se había instalado en su cuerpo como un incómodo inquilino. Ahora, el eléctrico cosquilleo lo recorría a él. Lionel Messi estaba nervioso, intrigado sobre la recepción que le daría el público argentino. Algo temeroso frente a las posibles burlas por la nacionalidad del oponente y al destrato por esa herida mundialista que todavía necesita algunos puntos de sutura. Por eso sintió un alivio reconfortante cuando descubrió que una ovación -casi a la altura de Carlos Tevez y Javier Mascherano- acompañaba el anuncio de su nombre antes del partido. El gol, ese pique exquisito frente al arquero José Reina, enseguida llegó como otro aliado anímico. Y segundos después, bajó el himno, atronador, pero como una canción de cuna para él: ¡Olé, olé, olé
Messí/ Messí/Messí! Así, con la simpática licencia del acento en el final. Messi se sentía a salvo. No soñaba más.
Tantas veces los encuentros con el seleccionado le habían recordado a Messi cuán ingrato puede ser el fútbol. De la plenitud al derrumbe. De los elogios desmesurados a las sospechas despiadadas. Nadie se puede hacer el desentendido ante la crueldad de los prejuicios. Entonces se le ocurrió el festejo. Visceral. Se golpeó el pecho dos veces, besó el escudo de la AFA bordado sobre el corazón y, por último, dibujó dos círculos con su índice derecho: como rúbrica de la obra, llegaba la dedicatoria para todos.
"Después de tantas amarguras vividas en el Mundial es bueno reencontrarse con la gente, es algo muy lindo", admitió la Pulga. Nunca había vivido algo así por estas tierras. "¿La verdad? Estoy muy contento, jugamos contra el campeón del mundo y pudimos ganarle. Definimos el partido rápido porque hicimos las cosas bien de entrada. Después intentamos aguantarlo y logramos hacerlo. Fue un partido completo", analizó rápido Messi, en las entrañas del Monumental, ya dispuesto a marcharse rumbo a Ezeiza para seguir hacia Barcelona. Acompañado, claro, como siempre, por su sombra, Juanjo Brau, el fisioterapeuta del club catalán que lo sigue por cada rincón del planeta.
En la renovada selección, Messi se siente más a gusto. Con más juego fluido y dinámico, que es lo que le permite gravitar en Barcelona. A esta Argentina le queda mucho recorrido por delante, demasiada afinación pendiente. Pero ya no es rehén de un equipo sin un plan; hoy hay una partitura que se afirma en la administración de la pelota y el pase como búsqueda. La región medular es el corazón de la formación. Sin interlocutores ni distracción, en tiempos de Diego Maradona el juego caía irremediablemente en él. La selección se volvía previsible y Messi quedaba acorralado contra el slalom mágico. Que si no le salía, se frustraba. Se fastidiaba y desaparecía de la cancha. Por cierto, una licencia que un jugador de su categoría no se debería conceder. Cuando lo consiga, habrá dado otro paso gigantesco.
El pelotazo, el enemigo público número 1, está conceptualmente desterrado para Sergio Batista. Ésa es una de las razones del apoyo incondicional de Leo para el entrenador. "Este partido y el modo de ganarlo nos vienen muy bien. Ellos te mueven la pelota de un lado para el otro, por eso no es poco haberles ganado. Lo importante es que a la Argentina le vaya bien. Ojalá sigamos de esta manera para bien de todos", explicó anoche cuando por enésima vez escuchó la consulta sobre la conveniencia de que Batista conserve el cargo. "Ojalá sigamos de esta manera..." ¿Alguien puede dudar del deseo de Messi? En la cancha volvió a respaldar a Batista. Encaró, asistió y convirtió. No estuvo ausente, no se hundió en un desierto. Participativo, activo, solidario. Integrado. Y siempre vertical, como las excursiones que Ignacio Monreal, Carlos Marchena y Cesc Fábregas debieron detener con infracción y a cada uno les valió la amonestación. A los 18 minutos del segundo tiempo, nuevamente rugió el gigante de mil cabezas, el Monumental: ¡Olé, olé, olé/ Messí/ Messí/ Messí!
Messi comienza a sentirse arropado en la selección. Por el esquema, por el entrenador, por sus compañeros. Por el público. Tal vez el crack despeje definitivamente esa sensación de incomprensión. La salida fue premeditada por Batista, claro. Intuitivo, el Checho leyó que su reemplazo le permitiría a Leo llevarse del estadio una cariñosa despedida. Pero el volumen sorprendió a todos. Cuando dejó la cancha por Andrés D'Alessandro, explotaron los hinchas y le regalaron otra calurosa ovación. Sin exagerar, la más grande en los diez partidos que lleva disputados en Núñez. Él mismo quedó petrificado. Intentó escaparse cabizbajo frente a una respuesta inesperada. Podría al menos haber levantado un brazo o devolver algún gesto de gratitud. Pero con Leo no se puede: el genio se reserva su expresividad para la cancha. Después, se apresura por regresar a su burbuja. Aunque nunca se había sentido tan a gusto como ayer.
297 días llevaba Messi sin convertir goles para la selección. El último lo había anotado el 14 de noviembre de 2009, en el estadio Vicente Calderón, en Madrid, justamente ante España, de penal, en la caída por 2 a 1. En Buenos Aires, no festejaba desde el 28 de marzo de 2009, en el bautismo oficial del ciclo Maradona, cuando la selección arrolló 4 a 0 a Venezuela.
74 partidos oficiales suma Messi en los distintos seleccionados argentinos (52 en el mayor). La historia comenzó en enero de 2005, con el Sub 20 en el Sudamericano de Colombia, y desde entonces, entre esa categoría, la Sub 23 y la selección mayor marcó 37 goles.