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Kirchner, el gran bocado de Moyano

Hasta hace unos días, existía un consenso muy extendido acerca de que el poder de Hugo Moyano sería una de las principales amenazas que debería superar el gobierno que suceda al de los Kirchner. Sin embargo, en estas horas esa hipótesis se ha modificado: Moyano es un peligro ya para el gobierno actual. Por más que en su marcha sobre las empresas y sobre la política se deshaga en adulaciones al matrimonio gobernante, él ha dejado de ser un factor de orden. Se ha transformado en una usina de crisis que el oficialismo no puede controlar. La segunda, después de Néstor Kirchner.

Kirchner, el gran bocado de MoyanoLas razones de la inusual gravitación de Moyano están más allá de la coyuntura. Para comenzar, Moyano es la soja. Es decir, es uno de los beneficiarios directos del boom agropecuario de este ciclo histórico. En los últimos años, la cosecha se ha duplicado y, con ella, se multiplicaron los viajes de los camiones. También los sueldos de los choferes tuvieron una mejoría sin antecedentes.

Otra innovación que encierra el fenómeno Moyano es que se trata de uno de los pocos dirigentes sindicales -si no el único- que accedieron a la secretaría general de la CGT desde la conducción de una organización poderosa. Sus antecesores más célebres carecían de esa estructura. A José Ignacio Rucci la autoridad le llegaba derivada de Juan Domingo Perón. Rucci era un marginal en la UOM, controlada por su rival Lorenzo Miguel. Saúl Ubaldini, una década después, llegó a la conducción del movimiento obrero desde el gremio de los cerveceros. Tendría carisma y elocuencia, pero las decisiones las tomaban Miguel, Diego Ibáñez o Jorge Triaca. El caso de Moyano es distinto: él no necesita de la CGT para hacer colapsar el país y éste es el motivo principal por el que Kirchner lo agasajó durante todos estos años con atribuciones y prebendas.

En la cabeza de Moyano anida, además, una ensoñación política. Ya tomó, contra la voluntad de Kirchner, la conducción del PJ bonaerense, y ahora fantasea con el PJ nacional. Ayer aclaró que no quiere ser elegido para cargo alguno. Es verdad. Quiere ser el elector. El proceso de democratización del peronismo posterior a 1983 tuvo como vector principal el repliegue corporativo de los sindicatos en la vida del partido. El secretario general de la CGT encabeza una involución en esa marcha.

Desde esta plataforma de poder, Moyano decidió hacer la toma de ganancias de su apuesta al kirchnerismo antes de que el kirchnerismo termine de agotarse. Ayer su sindicato se declaró en estado de alerta en relación con Siderar. Habrá que esperar nuevos bloqueos sobre la siderurgia cuando, el martes próximo, finalice la conciliación obligatoria. Los camioneros pretenden que Siderar, del grupo Techint, se haga cargo de los aportes patronales que evaden las empresas de transportes que contrata. La empresa lo admitió, pero se niega a pagar sumas que no estén respaldadas en documentación, como exige el gremio. En el máximo nivel de la compañía se resolvió no modificar ese criterio. La semana próxima los argentinos podrían asistir a un conflicto muy complejo. La caída en la producción de acero afectará a la industria automotriz y a los fabricantes de electrodomésticos. Y habrá otros gremios alterados, como la UOM y la Uocra, por la suspensión de actividades que afecta a sus afiliados.

La crisis de Siderar puso a la luz del día una deformación generalizada: casi todas las empresas que trasladan mercadería pagan hoy una contribución a los camioneros para que éstos reduzcan la evasión. Moyano pretende, antes de fin de año, oficializar el sistema. Ninguna compañía puede entregar carga sin exhibir un libre deuda extendido por el gremio. No hace falta enumerar las corruptelas a las que puede conducir el requisito.

Si el reguero de pólvora de Siderar se enciende, Cristina Kirchner quedará expuesta a un test muy delicado. ¿Está en condiciones de imponer alguna disciplina entre los actores económicos? Un indicio: en la etapa anterior de este conflicto, Julio De Vido debió pedir colaboración en Techint, es decir, en una empresa que no está entre las amigas del Gobierno. En el sindicato de camioneros no la conseguía. No es el único límite que empezó a encontrar De Vido en su otrora dócil amigo Moyano. Desde 2003, el ministro establecía el tope salarial de toda la economía, entre mate y mate, en la casa del sindicalista. Pero las de este año fueron las primeras paritarias que se cerraron sin una pauta oficial. Se entiende, entonces, que Moyano dijera que no veía problema alguno en la inflación. Claro: el problema son los trabajadores informales, corazón de la feligresía kirchnerista, que -según datos de las cámaras de alimentos y de supermercados- consumen menos porque ya no alcanzan la escalada de los precios.

El panorama inquieta a Kirchner, quien comenzó a sondear a varios sindicalistas adversarios del camionero para una reunión en Olivos. En los tribunales se hacen eco de esta preocupación. Norberto Oyarbide ha dejado trascender en los últimos días que la situación del matrimonio Moyano podría complicarse en la causa por la que está preso el matrimonio Zanola. Alguien quiere cercar a Moyano. ¿Quién será?

Acto en River
Moyano no se da por aludido. A lo Kirchner, acelera. El 15 de octubre espera congregar más de 70.000 personas en River Plate. Debe ser para defender al Gobierno de las corporaciones. La última vez que intentó hacerlo, el 12 de noviembre pasado, la Presidenta le ordenó suspender la convocatoria. Ahora no está en condiciones de hacerlo. Ella y su esposo deberán tolerar que alguien con 80 por ciento de imagen negativa se vaya convirtiendo en un icono de la campaña electoral.

Los desbordes de Moyano tienen un sesgo paradójico. O perverso. Por un lado, elevan la muralla que se tiende entre los Kirchner y el electorado de clase media. Por otro, siembran de dificultades la recuperación industrial en la que el Gobierno cifra sus expectativas proselitistas. Pero Moyano presta esos servicios obedeciendo al pie de la letra la retórica oficial, envuelto en la bandera de "el modelo". Es una trampa odiosa. ¿Cómo hará la administración nacional y popular para pedirles al camionero y a su numen jurídico, Héctor Recalde, que retiren el proyecto de participación de los asalariados en las ganancias de las compañías? ¿Cómo reclamar a los camioneros que no dañen a Techint?

En Moyano late la vieja astucia sindical. El no pretende, como un vulgar destituyente, derrumbar a los Kirchner. Se ha propuesto, insaciable, devorarlos.

Carlos Pagni
LA NACION

Jueves 9 de setiembre de 2010

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