Los Mostros. Cacho Buenaventura y el Negro Alvarez, dupla con tonada y humor reconocible. Clásico provincial.
Se puede hablar de un universo lingüístico paralelo. Del resignificado de palabras y, porqué no, del nacimiento de un nuevo idioma en tierras cordobesas: son Cacho Buenaventura y el Negro Alvarez que, con ese lenguaje (donde las mujeres son chichisones , por ejemplo), encontraron la fórmula perfecta para que el ritmo de la risa no decaiga en la sala- “El único guión que tenemos es el que sale en el bar del teatro, una hora y media antes de subir a actuar”, le confesó a Clarín Cacho, en la previa de Los Mostros , el show que junto al Negro Alvarez llevan adelante en el Teatro del Lago de Villa Carlos Paz.
Hay, en el espectáculo, un paseo imaginario y constante hacia el pasado y aquellas viejas costumbres que “nuestros tatas” supieron inculcarnos. De la mano de esto, llegan los reproches a la acelerada vida actual, donde -vaya paradoja- “todos corremos pero siempre terminamos haciendo cola”, como describe el propio Cacho en uno de sus monólogos.
Entre otras cosas, Buenaventura tiene el hermoso don de trasladar a las 900 personas de la sala hacia cualquier rinconcito de la geografía cordobesa. Y hacer de cada viaje un cuento. Y de cada cuento un mundo. Si a eso le agregamos que en la platea y como invitado de lujo estaba Carlos “La Mona” Jiménez (su hija Lorena canta en el espectáculo), nadie puede dudar que los turistas salieron fascinados y exultantes con la obra.
De las cordobeseadas más absurdas se encarga el Negro, un especialista desde hace muchos años en esta cuestión. En sus relatos, Alvarez juega con la platea y saca de la galera una batería de sentencias que sólo él puede inventar. En Los Mostros , también hay música y baile: la morena Marianela Sinisterra, con su look afro-caribeño, le da una pizca justa de sensualidad a un espectáculo que resulta redondo y atractivo.
Cacho y el Negro se pueden dar el lujo hasta de salir airosos de una situación difícil para cualquier artista: en plena función, un espectador se descompuso por algunos minutos. A tono con lo que predican desde el escenario, los dos humoristas pararon la obra y decidieron no continuar hasta que la sala retornara a cierta normalidad: “Muchas veces el show debe parar”, dijo Cacho, mientras un médico socorría al joven de la última fila. El público respondió el gesto con un estruendoso aplauso.
Después de dos horas y monedas de ver el show parado porque no había asientos disponibles para la prensa, estos dos mostros hacen olvidar fácilmente la incomodidad. Es que juntos, Cacho y el Negro, logran que todos -aunque sea por un rato- se olviden de los problemas que existen allá afuera.