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La felicidad, patrimonio de Bahía

Del centro histórico de Salvador a las playas de Guarajuba y Praia do Forte. Toda la historia, la naturaleza y la música de Brasil.

La felicidad, patrimonio de Bahía Eduardo Villar
BAHIA. ENVIADO ESPECIAL.

Acabamos de llegar, hay buen humor ambiente en la combi que nos lleva desde el aeropuerto hacia el centro de San Salvador de Bahía y no es difícil escuchar con una sonrisa de cortesía los chistes y frases ingeniosas con las que el guía matiza su discurso. "Esto no es lluvia, es agua bendita. Acá hay tanto fuego que Dios cada tanto desparrama unas gotitas para atenuarlo un poco". Hace calor, es cierto, y seguirá haciendo calor durante los seis días que durará el viaje del grupo de periodistas por Salvador, Guarajuba y Praia do Forte, tres destinos en una franja costera de poco más de cincuenta kilómetros. La combinación está bien pensada: Salvador es sobre todo historia, negritud, densidad y diversidad cultural, iglesias, museos, arquitectura. Guarajuba y Praia do Forte, tirarse panza arriba al sol, caipirinha y cerveza helada, pileta y playa, en un paisaje parecido al de la Polinesia.

Pero ahora, yendo en combi hacia el centro de Salvador, dice el guía que "en la capital de Bahía hay 3,5 millones de habitantes. El ochenta por ciento son negros, el doce por ciento son mulatos, y el resto son turistas". Nosotros somos turistas o, mejor dicho, periodistas puestos a trabajar de turistas y, como tales, nos corresponde llegar y meternos de cabeza en la joyita de Salvador: el Pelourinho, el corazón del centro histórico de la ciudad.Salvador fue capital de la colonia portuguesa entre 1549 y 1763, y destino principal de los esclavos que trabajaron -literalmente, como negros- sobre todo en la producción de tabaco y azúcar. Hoy, Bahía es el estado de Brasil que ostenta el mayor número de negros y mulatos entre su población. Con su alta influencia de la cultura africana, cada uno de sus rincones está teñido de esta particular mezcla de culturas.

Sobre aquella base de portugueses y esclavos en las plantaciones se fundó la antigua prosperidad de la ciudad, de la que hoy quedan huellas, sobre todo arquitectónicas, en el Pelourinho. Una de esas huellas es el ascensor público por el que hoy se accede a la parte vieja de la ciudad, que está en lo alto. Hoy unas 30.000 personas usan cada día este elevador construido en 1873 -entonces funcionaba a vapor- para recorrer los 72 metros que separan la Plaza Cairu y el Mercado Modelo de artesanías, en la ciudad baja, de la Plaza Tomé de Souza, en la ciudad alta.

Arriba, calles empedradas

Una vez que se sube, todo es diferente. Calles empedradas, casas de dos o tres plantas de colores pastel y techos de tejas, antiguas iglesias y palacios de arquitectura barroca, cerámica colonial portuguesa: el paisaje donde transcurre "Doña Flor y sus dos maridos", la novela de Jorge Amado. Después de décadas de deterioro y abandono, a principios de la década del 90, con el apoyo de la UNESCO, que declaró al Pelourinho Patrimono Cultural de la Humanidad, el estado restauró y puso en valor el centro histórico de Salvador. Además de iglesias y palacios que son en su mayoría edificios públicos, fueron recuperados unos 600 caserones coloniales. Para evitar el tedio, sólo mencionaremos la antigua Facultad de Medicina, el Palacio Rio Branco, la Catedral (antiguo templo de los jesuitas), la iglesia y el deslumbrante convento de San Francisco (construido en 1703), y la iglesia de Nosso Senhor de Bonfim.

Todo esto, y más, se recorre bajo el inevitable asedio de mendigos y vendedores de todo lo que pueda imaginarse: gaseosas, cerveza, helados, dulces, cintitas de colores, protector solar, discos compactos, remeras, la palabra de Dios, anteojos de sol, shows de capoeira, croquetas de pescado, berimbaus, servicios de guía, sombreros, excursiones marinas, artesanías, hamacas paraguayas, taxis, pareos. Rechazar o aceptar las ofertas y demandas del persistente ejército ambulante puede ser realmente agotador. No son suficientes un sí o un no. Se acerca al grupo un vendedor de agua mineral en el calor tremendo de la plaza. Cuando descubre que se trata de argentinos, nombra una por una todas las marcas argentinas de agua mineral. Luego sigue con jugadores de fútbol y, cuando se le acaban, con marcas de ropa. Finalmente, recita lugares de la Argentina: Palermo, Salta, Bariloche, Berazategui, San Isidro, Villa del Parque, Córdoba& "Hoy está mala la plaza, no vendí nada", dice por fin, derrotado. Difícil no corresponder semejante esfuerzo vendedor con la compra de al menos una botellita.

Amado no es el único dios del olimpo cultural bahíano. Lo acompañan Vinicius de Moraes -que tiene una estatua frente a la playa de Itapuá, a la que le escribió una de sus más famosas canciones-, Toquinho, Caetano Veloso, Maria Bethánia, Gal Costa y el grupo de música afrobrasileña Olodum, cuyos ensayos se pueden presenciar todos los martes y domingos. En realidad, la música está presente en cada esquina del Pelourinho. Es común encontrarse en la calle con grupos tocando instrumentos de percusión, bailando o haciendo capoeira. El sonido de tambores -casi permanente, aunque sea en segundo plano- es como un recordatorio de que aquí vive la mayor proporción de población negra fuera de Africa, algo que también se nota por el sincretismo religioso y la presencia en la vida cotidiana de los dioses u orixás: Ogum, Xangó, Lemanjá y Oxum son algunos de los que reciben mayores fervores populares.

Una pizca de la cultura de raíz africana, el candomblé y el capoeira puede verse de noche en algunos bares y restaurantes donde se montan shows para turistas. Pero hay tanta distancia entre esos shows y la realidad como la que hay entre el tango real y el que puede conocer un turista de Ohio mirando a una pareja que baila a la gorra en la plaza frente a la Iglesia del Pilar, en la Recoleta. Quien busque ese tipo de show "for export" y quiera comer moqueca de pescado con fondo ensordecedor de tambores, lo encontrará en un lugar llamado O Coliseu, en el centro del Pelourinho. No sé cómo acceder a algo más real. Sospecho que para lograrlo hacen falta más que un puñado de días en Salvador.

Sí es fácil, en cambio, el acceso a la genuina gastronomía local. El mejor lugar para conocer la deliciosa comida bahiana es el restaurante escuela SENAC (Servicio Nacional de Aprendizaje Comercial). Allí, por 30 reales -casi 60 pesos- se accede a un bufet que permite probar (y hasta hartarse de) todos los platos locales. En esta cocina tienen mucho peso las harinas de trigo y mandioca, la leche de coco, el aceite de dendé (pesado pero exquisito), los pescados y mariscos, ostras, langostinos y camarones. Lo mejor es probar y probar. Anote y pida estos platos: acarajé, caruru, xinxim de galinha, vatapá y, de postre, si le gusta el coco, quindim. Ojo con las salsas picantes. Pican.

Fuera del fascinante Pelourinho, Bahía no es gran cosa. Una ciudad moderna donde grandes edificios de departamentos se mezclan con parques, autopistas, shoppings y favelas. También muchas, pero muchas, iglesias y templos evangelistas. "En Brasil -dice el guía-hay cuatro formas de hacerse rico: ser jugador de fútbol, ser músico, ser político o poner una iglesia". Es que las iglesias tienen muchos beneficios del estado, subsidios, exenciones de impuestos, etc.

Vale la pena hacer un paseo por la Bahía de Todos los Santos en uno de los barcos que salen del embarcadero turístico. Desde el mar se tiene otro panorama de la ciudad: la playa es interrumpida cada tanto por un antiguo fuerte de defensa. Los construían cerca uno del otro porque los cañones tenían corto alcance. Llaman la atención las torres del barrio Vitoria, que es como el Manhattan de Bahía. Edificios de lujo elevados sobre una empinadísima barranca verde que baja hacia el mar. Allí abajo, amarras con yates a los que se llega con funiculares que salen de la base de las torres. De pronto, en el recorrido del barco hacia el norte, un paredón que divide la costa y cambia el paisaje: favela en la barranca, que ya no es verde sino blanca, celeste, rosa, amarilla, los colores de las casitas. Así, de lejos, desde el barco que recorre la Bahía de Todos los Santos, parecen lindas.

Por la Ruta de los Cocoteros

Saliendo de la ciudad y de la Bahía de Todos los Santos hacia el norte está la llamada Ruta de los Cocoteros, que bordea la costa y une una serie de pueblitos paradisíacos. A unos 40 kilómetros está Guarajuba, y a unos 65, Praia do Forte, un antiguo pueblito de pescadores hoy convertido en pintoresca villa turística. El pueblo en sí es encantador: todo pasa a partir del atardecer, después de la playa, en la calle principal, empedrada y llena de boutiques y restaurantes. La gente sale, camina, se sienta en los barcitos a tomar cerveza o caipirinha y ver pasar la vida cuando, de pronto, pasan bandas de música. Entonces todo el mundo se pone a sambar.

Ahí, en Praia do Forte -que se llama así por las ruinas de un castillo fortificado construido hace más de 400 años, el castillo García D'Avila, que es de visita obligatoria- está la sede central de un proyecto de protección ambiental y preservación de las tortugas marinas. Es interesante recorrer ese parque, ver ejemplares de diferentes especies expuestos en acuarios y conocer el proyecto. Entre julio y noviembre, además, es posible el avistaje de las enormes ballenas jubarte, que recorren casi 5.000 kilómetros en busca de las cálidas aguas de la región. Al pueblo se le ha dado un perfil ecológico a partir de esta fauna marina y de la vecina reserva ecológica de Sapiranga, una selva por la que vale la pena hacer un recorrido. Sus senderos atraen con una serie de túneles bajo la arboleda, en busca de una variedad de orquídeas salvajes, pájaros, monos, mariposas y, en algunas ocasiones, perezosos o coatíes.

En Praia do Forte hay cantidad de posadas y un resort cinco estrellas que lleva el nombre del pueblo y no tiene mucho sentido describir porque cualquier descripción queda corta. Imagine un verde impecable que sólo termina cuando empieza el azul del mar, palmeras, piscinas construidas de tal forma que parecen ser la continuación del océano, un spa de verdad indescriptible y el esmero meticuloso de todo el personal, que es mucho, para que el huésped pase unos días memorables. Si pasa allí un par de días y le queda en el cuerpo un resto de estrés, lo primero que debe hacer al regresar a Buenos Aires es consultar a un especialista: lo suyo puede ser grave.

Guarajuba, el otro pueblo, es un desarrollo turístico lleno de condominios, muchos de ellos construidos por portugueses, que invirtieron fuerte en la zona. Y allí hay otro resort y spa de características similares: el Vila Galé Marés. De allí uno se lleva, sobre todo, dos recuerdos: un spa inverosímil, llamado Satsanga, en el que es posible sentirse un magnate petrolero durante unas horas y un bar dentro de la pileta del que es difícil alejarse.

Se puede ser feliz, mientras se está en el Galé Marés, si uno va del Satsanga al bar de la pileta y del bar de la pileta al Satsanga. Pero como dice la canción de Vinicius, "tristeza não tem fim, felicidade, sim". Es decir: la felicidad sí tiene fin. Y acá estamos, de regreso en Buenos Aires, lejos del Satsanga.

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