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Toulouse, Carcassonne y Albi
Un posible itinerario por el sudoeste francés, con tres de sus más interesantes ciudades, un castillo medieval y una futurista fábrica de aviones.
TOULOUSE.- Al llegar una tarde de sábado a esta ciudad del sur de Francia, la sensación es que se trata del centro mismo de Europa. Los alrededores del Capitole, el Ayuntamiento, son un hormiguero de gente con bolsas de compras y cámaras de fotos. Cada tantos metros, por la plaza principal o por cualquiera de las plazoletas y esquinas vecinas, hay músicos callejeros, o simplemente grupos de chicos socializando. Todo es movimiento.
Sin embargo, Toulouse no es tan grande como podría parecer por la típica postal del Capitole: con 430 mil habitantes, es sólo la cuarta ciudad francesa en población. Queda 681 kilómetros al sur de París y a 150 del Mediterráneo, algo que se nota en el clima, más templado, en cierto carácter latino de la gente.
Así que, en un punto, es una gran aldea, por momentos muy transitada, pero sin perder su parsimonia sureña. Una gran aldea rosada, por el característico color de los ladrillos con que está mayormente edificada. Y una aldea joven, ya que le sigue a París en importancia como centro universitario, con 115 mil estudiantes.
La vida estudiantil se refleja, fuera de lo académico, en la infinidad de bares del centro, que proponen desde música gótica hasta empanadas argentinas, en un radio fácilmente caminable. También, en los eclécticos festivales musicales que tienen lugar especialmente durante el verano. Toulouse es una gran generadora de bandas de rock, Zebda, por ejemplo, que pueden mezclar bases de hip hop con letras en occitano y armonías argelinas, y Los Fabulous Trobadors, editados también en la Argentina.
El city tour clásico de la capital de la región Midi-Pyrénées siempre incluye estas paradas: Le Capitole, con sus grandes salones; la Basílica de Saint-Sernin; el gótico convento de los Jacobinos, famoso por sus columnas y capiteles, y la catedral de Saint-Etienne, raro producto del ensamblado de varias construcciones de distintos siglos. Entre todos y en una caminata, se arma la historia de Toulouse. Para apreciar su presente, en cambio, nada mejor que desandar las orillas del río Garonne y el Canal Du Midi, que atraviesan la ciudad con sus fotogénicos puentes.
Para el visitante argentino, además, hay una parada interesante, que pasa inadvertida para casi cualquier otro turista: la casa natal de Carlos Gardel; por supuesto, siempre según la teoría francesista, no uruguaya, del origen del gran Zorzal. Queda en el 4 de la Rue Canon D Arcole y no presenta mucho más atractivo que el simbólico y una placa conmemorativa colocada por la orgullosa Asociación Carlos Gardel de Toulouse. Pero hay que ir a verla.
Con mucho más para conocer, sin embargo, Toulouse es también el punto de partida inevitable para recorrer el Midi-Pyrenées, una región ideal para el viajero con ganas de ver algo de Francia más allá de París o la Costa Azul.
Toulouse Lautrec y los cátaros
Apenas a una hora en tren, hacia el Nordeste, desde Toulouse (80 kilómetros), se encuentra esta otra fundamental población del Midi-Pyrénées. Al lado de la capital regional, Albi es un pueblito, aunque albergue 50 mil habitantes, con uno de esos cascos medievales y apaciblemente peatonales que tanto hacen a la calidad de vida francesa, no siempre apreciada por sus propios beneficiarios.
Pero hay muchas ciudades así en Francia. Lo que distingue a Albi, al menos para el interés de un turista de un par de noches, es que se trata de la Ciudad de Toulouse Lautrec. Aquí nació, en 1864, el artista, y aquí está la mayor colección de sus pinturas y carteles, en el museo que lleva su nombre, que ocupa el antiguo Palacio de los Obispos y que acaba de ser refaccionado. Más de mil piezas exhibidas justifican el viaje.
También hay en Albi una rue Toulouse Lautrec, que lleva a la casa natal de Toulouse Lautrec, que ahora es privada y no se puede visitar, entre muchas otras cosas que remiten al atormentado artista. Pero, más allá de eso, la ciudad tiene otro gran icono: la catedral de Santa Cecilia, austera y rigurosa como los Jacobinos de Toulouse, en su exterior, pero con una ornamentación obsesiva, en la que hasta el último centímetro cuadrado parece estar pintado con algún motivo bíblico o simplemente lúdico; realmente vale la pena hacer un breve tour guiado para descubrir sus múltiples secretos, y sin tantos turistas como Notre Dame. Además tiene un increíble órgano de 3549 pipas de diversos tamaños, no por nada se trata de un templo dedicado a la patrona de la música, curiosamente ubicado sobre el altar y no en el extremo opuesto de la nave, como es habitual.
Albi cuenta también con un estratégico mercado donde hacerse de foi gras y quesos de productores locales, que acaba de reabrirse y funciona principalmente por la mañana. Otra vez, por lo pequeño de la ciudad, es fácil conversar con los vendedores, a los que les sobra el tiempo y la amabilidad. Queda en el casco medieval, que es el paseo obligado, con sus casas bien conservadas, todavía fuera del boom inmobiliario y la escalada de precios de otros barrios viejos en otras ciudades.
Esta pequeña ciudad no es el lugar para buscar diversión nocturna, claro. Pero si se llega entre fines de febrero y principios de marzo, se puede coincidir por dos domingos con uno de los pocos carnavales celebrados en el sur de Francia, con reina y carrozas.
Albi es casi una escapada desde Toulouse. Aunque también se puede hacer escapadas desde Albi. Una de ellas es Cordes Sur Ciel, a menos de media hora en auto y clasificada como una de las villas más hermosas de Francia, algo así como un sello de calidad otorgado a pueblos con valor arquitectónico, histórico y cultural. Sobre un monte, fortificado, este pueblito data del siglo XIII, fue un bastión de los cátaros y hoy alberga básicamente talleres de artistas y tiendas de manjares regionales.
Si pasa una noche en Cordes, pruebe con la Hostellerie du Vieux Cordes, del prestigioso pâtissier Yves Thuriès, que probablemente se convertirá en su hotel favorito en el mundo. Si no se queda, simplemente pase por allí para degustar chocolates imposibles de describir más que con exagerados gestos de felicidad.
Los interesados en la historia de los cátaros tienen en esta región todo un circuito para seguir, incluyendo el más famoso de sus castillos: Montségur.
Tres kilómetros de muralla
También, a sólo una hora en tren desde Toulouse, como Albi, pero hacia el Sudeste, camino al Mediterráneo, se encuentra uno de los orgullos de esta parte de Francia: el castillo de Carcassonne, o más bien la villa fortificada, que desde 1997 es Patrimonio de la Humanidad, según la Unesco.
Emplazada sobre un asentamiento romano, aunque la mayoría de la construcción data del siglo XIII, es una especie de parque temático medieval, tanto por la escenografía como por la colorida variedad de souvenirs en venta, especialmente caballeros cruzados en miniatura y armaduras... de plástico. Pero es una ciudadela viva, en la que reside algo más de un centenar de vecinos. Vaya contraste: cada año, de abril a octubre, la Cité recibe a unos cuatro millones de visitantes, especialmente españoles, con picos el 14 de julio, cuando se simula un espectacular incendio de toda la villa, y en agosto, cuando se realiza su gran festival medieval. Pueden alojarse afuera, en la ciudad de Carcassonne, o adentro de las murallas, donde hay, por ejemplo, un hotel Best Western y también el suntuoso, casi fantástico, Hótel de la Cité, de Orient Express.
El castillo, rústico, netamente militar, presenta la particularidad de una doble muralla: una del siglo III y otra del XIII, con una liza, la calle intermedia, en la que alguna vez se realizaron torneos, y por la que hoy simplemente se puede caminar contemplando una vista única del río Tarn, los viñedos y la ciudad nueva. Con tres kilómetros de murallas y 52 torres, es uno de los castillos más grandes y mejor conservados de Europa. El 80% de lo que se ve, pisa y recorre es original, a pesar del mal estado del que se lo rescató a mediados del siglo XVIII, cuando se comenzó a protegerlo como monumento.
A la Carcassonne nueva, con edificios del siglo XIV al XVIII, se le hace un poco difícil competir turísticamente con la pintoresca Cité, que es casi un libro de historia virtual por el que el aficionado a lo medieval se da el gusto de pasear tranquilamente. Pero también tiene su encanto, sobre todo a orillas del apacible Canal du Midi.
Por Daniel Flores
Enviado especial
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