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Echale la culpa a Brigitte Bardot
En los años 60, la imagen de la diva francesa en sus playas proyectó a Buzios internacionalmente. Desde entonces, el ex pueblo de pescadores recibecada vez más turistas.
BUZIOS.- Dice un chiste que hace tiempo circula por aquí que la mejor playa de la Argentina es João Fernandes. Cada verano, en esta franja de arena dorada y aguas templadas, parecería que lo único que se oye es castellano. Los lugareños incluso se acostumbraron a ofrecer servicios de sombrisha , a reemplazar el obrigado por el gracias, y a preguntar por los avatares del fuchibou en nuestras pampas.
Ni la devaluación ni un real que cotiza a casi el doble del peso han desanimado a los argentinos a seguir viniendo a Buzios, ese pequeño paraíso recostado sobre el Atlántico, 180 kilómetros al noroeste de Río, que adoptaron hace años para pasar sus vacaciones. Y no sólo eso: de las 20.000 personas que viven durante todo el año en la península, cinco mil son argentinos.
Claro que no fueron los primeros en descubrir los encantos del lugar. Brigitte Bardot estuvo acá hace más de 40 años y todavía se habla de ella. No es para menos: desde que la diva puso a Buzios en el mapa del turismo internacional, una legión de celebridades y figuras del jet set se dejó ver por la ex aldea de pescadores devenida balneario chic. Madonna, Mick Jagger, Calvin Klein, Bill Gates, los reyes de Dinamarca o Pelé son algunos de ellos. Mucho menos glamorosa fue la visita del ex ministro de Economía Martín Lousteau, que en plena crisis por las retenciones buscó refugio en este rincón de bahías profundas, casas bajas y sol generoso.
Mezcla de homenaje y agradecimiento a la actriz francesa, la costanera fue bautizada como orla Bardot, se levantó una estatua en honor de la patrona del turismo, y su nombre quedó estampado en restaurantes, posadas y, claro, en el único cine de Buzios, el Gran Cine Bardot.
A pesar de que esta mano de tierra que es Buzios tiene apenas ocho kilómetros de largo por unos tres de ancho, el crecimiento que despertó el huracán Brigitte nunca se detuvo. La cara más visible del fenómeno está en la construcción, principalmente en el rubro hotelero. Sobre el mar, tierra adentro, en las playas más alejadas y últimamente descolgadas de los morros, ya son más de 300 las pousadas que florecieron en esta Saint Tropez brasileña, además de los grandes hoteles que ahora incursionan en el turismo de convenciones.
Parece mentira que hace apenas un puñado de décadas los pescadores entregaron sus casitas sobre el mar, las mismas cuyo valor hoy alcanza cifras millonarias, a cambio de televisores y bicicletas. Muchas de esas casitas se transformaron en restaurantes gourmet, galerías de arte o tiendas de ropa de diseño que se lucen en la Rua das Pedras, la calle comercial por excelencia y sede de la movida nocturna. Aquí se puede escuchar música ao vivo a toda hora, probar una crêpe de camarão o, por qué no, una de queso, banana y canela, y desde hace pocos meses, ir a bailar a la disco Pachá. Siempre que uno esté dispuesto, eso sí, a desembolsar 150 reales de entrada.
La calle Turibe de Farías está a sólo una cuadra de Rua das Pedras y, como ésta, también rebasa de negocios y bolichitos. No está mal recordar que, aunque con menos charme que su vecina, los precios aquí son mucho más bajos, como si se tratara de los negocios de Palermo SoHo vs. los de la avenida Santa Fe.
Disfrutar sin multitudes
Otra buena opción para tener presente, sobre todo para quienes buscan huir de la agitación del centro, es el nuevo polo gastronómico de Porto da Barra, inaugurado a fines del año pasado en la zona de Manguinhos, a la vera de un pequeño manglar. Allí, donde funciona el mercado de pescados y la escuela de kitesurf, y donde se ven algunos de los mejores atardeceres de la península, también se pueden degustar platos tan sofisticados como langostinos en caramelo de azafrán, o tan tradicionales como un buen peixe grelhado . "Acá mismo cultivo las ervas para mis criações ", cuenta con orgullo el chef Christopher Cabicieri, del restaurante Zuza, mientras señala los macetones rebosantes de hierbas que flanquean la entrada del local.
Por lo demás, también hay quienes pueden decir que poco ha cambiado en este balneario de verano perenne. Que Buzios sigue siendo Buzios, con sus playas apretadas entre morros, las buganvillas que buscan el sol desde todos los jardines, el alegre desparpajo de su gente.
Esta es buena época para disfrutar sin multitudes. Es pleno invierno y la temperatura no baja de 25°. Desde la costanera, el mar se ve azul cobalto, de a ratos verde, de nuevo azul. Las barcazas de pescadores, porque todavía los hay, salpican el horizonte. Dos turistas recién llegados, de piernas blanquísimas, se sacan una foto con la escultura de Brigitte. Ella permanece inmóvil, sentada sobre su valija. Con semejante vista, es fácil entender por qué.
Por Teresa Bausili
Enviada especial
Fuente
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