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Luces de una calle que no quiere ser avenida
Corrientes, icono porteño siempre encantador.
Hay slogans que pierden actualidad. Por ejemplo, repetir que Corrientes es la calle que nunca duerme. En realidad, la noche porteña termina rápido por el frío, la falta de dinero para comer afuera y la reducción de los horarios de subtes, o de colectivos por inseguridad. En cambio, por la tarde es un paseo recomendable con o sin vacaciones de invierno. En especial para salir en familia.
Sí es la calle con mayor densidad de librerías por baldosa sumando las tiendas de novedades, las de viejo, y varias que venden a precios de saldo ejemplares sin abrir, con colecciones de música incluidas. Una Feria del Libro al paso que no cobra entrada para revisar o leer contratapas y solapas.
Muchos teatros ofrecen entradas a mitad de precio en las carteleras a la calle, en el cruce de Montevideo. Y algunos tienen atracciones gratuitas. Pienso en el San Martín con sus frescos, galería fotográfica, cinemateca y conciertos en el gran hall, sumando para los chicos de cualquier edad sus magníficos espectáculos.
Con un capítulo especial que es comer y tomar algo a precios razonables, con un toque de novela incorporada. Como el Gato Negro para tomar un café entre fragancias a especias exóticas. En la cuadra de Montevideo, Vermicelli Street siempre tiene mesas tendidas con manteles de papel. Un bife de chorizo no siempre resulta accesible, pero podemos pedir fideos con tuco y pesto, como hacía Vittorio Gassman, con pan abundante.
Un gran chef, Ramiro Rodríguez Pardo, fue el inventor del primer Palacio de la Papa Frita. Y no hay nada mejor que pedir una porción de mozzarella estando sentados en Banchero o de pie en Guerrin. O llevar para casa una gran pizza de ricota, la mejor para mi gusto. Enfrente, La Pastafrola tiene sfogliatellas y cannolis que pueden competir con los napolitanos, o ensaimadas que nos hacen sentir en Barcelona. El sabor del matrimonio de tanos y gallegos que es nuestra marca de origen.
Cuando hace frío hay que ir a La Giralda para pedir un chocolate con churros, con la bebida tan espesa que mantiene la cuchara quieta para remojar a gusto. Y semblantear la calle, cómodos en las sillas Thonet, entre espejos biselados y mesas de mármol que forman parte de la escenografía de la ciudad. Corrientes..., una calle que nunca aceptó llamarse avenida.
Por Horacio de Dios
almadevalija@gmail.com
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