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La banda oriental de Guatemala

Un recorrido casi desconocido desde Río Dulce hasta algunas playas que no figuran en los mapas.

La banda oriental de GuatemalaRIO DULCE (El Mercurio).- Los turistas no entienden nada. Y yo, que no sé por qué me siento menos turista que ellos, tampoco. Tras salir en lancha de Río Dulce, en la costa oriental de Guatemala, camino a nuestro destino, Finca Tatín, el chofer decide cambiar de rumbo. Primero se detiene -con todos los turistas a bordo- a cargar combustible. Y luego, sin asomo de vergüenza, anuncia que tendremos que volver. "Olvidé recoger a un amigo", dice. Nadie habla. Esperamos cinco, diez minutos, hasta que aparece un tipo con una bolsa de cebollas y sube a la lancha. Partimos treinta minutos después de lo programado.

Esto es Guatemala, un destino muy buscado por los mochileros. Pero estamos lejos de los sitios más turísticos y, por lo mismo, de los vendedores e improvisados guías. En la zona menos conocida del país no hay mujeres con trajes típicos tratando de equilibrar mercancías sobre la cabeza mientras persiguen extranjeros. Ni se ven guardias con escopetas recortadas a la salida de los supermercados.

El paisaje ha cambiado y los rostros no son los mismos, pero en el distrito de Río Dulce -donde el sol pega fuerte- el guatemalteco sigue siendo intrínsecamente guatemalteco y muy parecido a nuestro chofer.

La lancha avanza a los golpes y me pregunto si venir habrá sido buena idea. Finca Tatín nunca estuvo en nuestros planes. Ni siquiera habíamos oído hablar de ella hasta que una noche en Antigua, una española nos convenció de retrasar la llegada a Livingston y pasar antes por este lugar. "Es paradisíaco", dijo. Y le creímos.

Chris, un alemán de larga cabellera rubia, torso desnudo y pies descalzos, nos da la bienvenida. Lo seguimos por un sendero de piedras (mala idea traer maleta con rueditas) y el aroma a jungla, intenso y húmedo, se mete en las narices. Nuestra cabaña queda a unos 70 metros selva adentro.

Tatín es una especie de hotel-comunidad. Su dueño, el argentino Carlos Simonini, lo construyó junto con su ex mujer, y crearon una ONG para ayudar a que los indígenas de la aldea Ak´Tenamit (a 20 minutos caminando) se insertaran en la sociedad. Muchos extranjeros llegan aquí para trabajar como voluntarios, atraídos por un país donde casi el 80% de la población es indígena.

En Finca Tatín creen en el casi extinto sistema de la honestidad. Todo consumo -las frutas, las cervezas, el paseo en kayak- se registra en el cuaderno de huéspedes.

La cena es en familia , a las 19. Y dado que el pueblo más cercano está a media hora en lancha, no hay muchas más alternativas que sentarse en las largas mesas de madera junto a los otros huéspedes -estadounidenses, ingleses e israelíes, la mayoría- y compartir la sopa, las tortillas con chimichurri y el pescado envuelto en nalcas o el pollo a la parrilla, que sirven siempre bien condimentado. Y claro, conversar. La mayor parte del tiempo, en inglés.

A las 22 no hay otra que acostarse. La Finca no tiene luz eléctrica. De 18 a 22 se iluminan con generador. Después, sólo queda la oscuridad, el silencio interrumpido por los misteriosos sonidos de la jungla y, para ser sincera, algo de susto. Esa tarde, Chris nos había comentado que las camas tenían mosquiteros por protección: "A veces caen animales del techo".

-¿Animales?

-Oh, sí, sí, claro... Es la selva. Hay monos, tucanes, culebras, arañas y mosquitos. Pero no se preocupen, nunca me han picado.

Esta noche el sueño se acompaña con un antialérgico, el intenso aroma del repelente y una breve plegaria.

A pesar de todo, o por eso mismo, se duerme bien. Y se descansa. Sin señal de celular, televisión o Internet, sólo queda tenderse en las hamacas, leer y ver pasar el día. Nadar en las aguas tibias del río y tomar sol en el muelle, volver a la hamaca, y dormir.

"Sí, podría ser el paraíso", pienso al llegar. Pero este paraíso también puede cansar. Sobre todo si uno comprende que añora el agua caliente, que la idea de toparse con una culebra lo atormenta, que esto de vivir en comunidad no es lo suyo, y que escuchar inglés todo el día -estando en Guatemala- está bien, pero sólo por un rato. A las 10 del tercer día estamos de nuevo en la lancha. Camino a Livingston.

Reggae y coco loco
La mejor manera de definir Livingston que se me ocurre es Bobmarleano . En este pueblo a orillas del mar Caribe, donde hace algunos siglos se asentaron los garífunas -negros descendientes de esclavos-, se pasean los rastas y se escucha reggae. Hasta el carro-moto recolector de basura está pintado de verde, amarillo y rojo.

En Livingston, los jóvenes se visten con remeras que les llegan hasta las rodillas y salen a divertirse en el cementerio, que está ahí mismo, a orillas de la calle. Hay exactamente 22 taxis y una cantidad imprecisa, pero evidentemente innecesaria, de tiendas. Son decenas, ofreciendo lo mismo: remeras XXXL, baldes de plástico, pulseras de coco.

El pueblo es pequeño, tranquilo y famoso por su coco loco, mezcla de ron, leche de coco y Dios sabe qué más, que se vierte en el interior del mismo fruto y se bebe con bombilla. La noche que decidimos ir en busca del mejor coco loco conocimos a Tikky, el barman del hostal Río Dulce, que se promociona como el mejor bar del lugar.

Tikky nació en Honduras, pero ama Livingston y hablar garífuna, lengua local que mezcla español, francés e inglés, y que a los oídos extranjeros suena realmente a arameo. "La idea es que no lo entiendan", dice riendo.Tikky dice que la costa caribeña de Guatemala recién empieza a ser explotada y que a las mejores playas sólo se accede en lancha. Eso pasa con Playa Blanca, para muchos, la Top 1 del país. Llegar toma tiempo porque el tour -la única forma de visitarla- incluye una parada en Siete Altares. De manera que, aunque salimos a las 9, bajamos en Playa Blanca a las 12.

Playa Blanca sí es el paraíso: arena blanca y palmeras, mar turquesa y sólo diez personas. El problema es que este paraíso termina: no son ni las 14.30 cuando el lanchero avisa que partimos. Después de las 15, el mar se pone bravo.

-Nosotros estamos acostumbrados, pero hay turistas que se desmayan. Si quiere, señorita, nos quedamos.

-No se preocupe.

-No tenga pena. Estamos para servirle. ¿Sabe? Nos quedamos.

Así que nos quedamos 40 minutos extras. No se puede más. Hay que subir a la lancha. Son más de las 15 y el mar, efectivamente, se ha puesto bravo. Pero no sufro. El recuerdo de Playa Blanca es más poderoso.

Bárbara Muñoz S.

Fuente

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