Está ingresando en una zona de peligro, dijo una voz femenina con la z bien definida.
En el remise hacia Ezeiza, la locutora española del GPS nos advertía -sobre la calle Yerbal, en Flores- que estábamos pasando por un lugar de riesgo que yo desconocía. "Debe haber alguna casa tomada", afirmó el remisero y bajó de inmediato los seguros de las puertas.
Fue mi primer encuentro con el sistema de posicionamiento global (o Global Positioning System). La advertencia me pareció exagerada -incluso pensé en lo curioso de que una española conociera el barrio de Flores mejor que yo-, pero hasta ahí llegó mi curiosidad por el aparato que mostraba las calles en una pantalla pequeña y que además hablaba.
Recién en los últimos meses pude comprobar la utilidad del GPS, una verdadera revolución para los viajeros. Cualquier rodado, por viejo que sea, se convierte en el auto fantástico gracias a este pequeño dispositivo de bondades indiscutibles. Con él, un usuario cualquiera gana tiempo en su propia ciudad y se maneja con libertad en sitios desconocidos, mientras que los amantes de las travesías encuentran la solución ideal a sus recorridos a campo traviesa. Pero la mayor virtud es tal vez la que expuso, hace un par de semanas, un agente de turismo.
"Lo mejor del GPS es que evita las peleas familiares", comentó Sebastián Pezzati en un viaje laboral compartido. Me contó que había pasado, en 2006, sus vacaciones en Europa con su padre y tres hermanos, y que todo salió mal por falta de este dispositivo. "En cualquier recorrido, el mayor tema de discusión es cómo llegar. Nosotros alquilamos una camioneta para los cinco y casi terminamos a las trompadas. Fueron 7000 kilómetros con muy mala onda", explicó.
Sebastián armó su teoría tiempo después, cuando viajó con su padre en auto, esta vez con GPS. "Partimos de Lisboa hacia Madrid: sólo pusimos el nombre del hotel y nos olvidamos del tema."
Una simple decisión al volante puede atraer diferencias cotidianas que nunca son buenas llevar de vacaciones. Yo sabía; Yo te dije; Vos no me escuchás... Cada uno tiene su presentimiento o convicción acerca de cuál es la mejor esquina para doblar, la salida correcta de la autopista o la cantidad de cuadras que debemos volver atrás. Te pasaste otra vez; No, no me pasé. Los puntos de vista, especialmente del piloto y el copiloto, pueden llevar la charla a puntos sin retorno. Doy la vuelta en U; Dale, y yo me bajo acá. Por suerte está el GPS, para ofrecer la armonía necesaria.
Claro que hay que tener los mapas correctos. En la Argentina, a medida que aumenta la cantidad de usuarios de este William Boo tecnológico, también crece la comunidad de Proyecto Mapear ( www.proyectomapear.com.ar ), increíble espacio con cartografía gratis. Cerca de 300 voluntarios se reparten las tareas de dibujar, programar y coordinar, además de reportar errores. El sitio ofrece mapas del país, Uruguay, Chile y Paraguay. Tiene más de 378.000 usuarios registrados e incorpora nada menos que 500 por día.
La tecnología que permitió usar el GPS dentro de las ciudades -antes había que estar a cielo abierto- derivó en su crecimiento masivo. "Hace unos cuatro años -cuenta Guillermo Gónzalez, uno de los creadores de Mapear- mejoró el sistema y bajaron los precios, de manera que se hizo accesible. Nosotros vimos el salto después del Mundial de Alemania. Ahí lo descubrieron un montón de argentinos, que buscaron la manera de usarlo también acá."
Mientras que la mayoría de los mapas internacionales cuesta entre 100 y 300 euros, la descarga en este sitio se mantiene sin cargo. "Es el resultado del trabajo conjunto de una comunidad que lo hace por hobby -continúa González-. Desde el comienzo nos pusimos como objetivo no cobrar los mapas y eso no tiene por qué cambiar ahora que el sitio es muy conocido. Nos podemos dar el gusto de no hacerlo."
Habrá que ver la evolución del GPS. Ya hay usuarios intensivos que lo programan cada vez que se suben al auto, incluso para ir a un restaurante a cinco cuadras de su casa. Será un tema de debate como cada nuevo hito tecnológico. Habrá cambios sociales, como que nadie más baje la ventanilla para preguntar por una calle, y también sociólogos dispuestos a interpretaciones geniales. Tal vez historias curiosas, como la de un hombre enamorado de la voz española que lo lleva siempre por el buen camino, en sentido demasiado literal. Todo puede pasar en esta ruta digital sin fronteras.
Publicado por Martín Wain / 08 de agosto de 2010 / 2.59 AM