Era día de semana. Muy temprano buscaba pasajeros por las avenidas de la ciudad, cuando la radio emitió un viaje a pocas cuadras de donde estaba, pulsé el micrófono y tomé el viaje.
Siempre que uno contesta un viaje aparece la incógnita sobre quien será el pasajero y hacia donde se dirigirá.
Me sorprendí cuando al llegar al lugar, noté que se trataba de un albergue transitorio. Me comuniqué con la operadora de la radio y le manifesté que pusiera en camino a los pasajeros. Ella me contestó que tenía que ingresar al local y anunciarme en conserjería.
Así lo hice, detuve el auto en la playa cubierta del estacionamiento, dejé el motor en marcha y fui hasta el mostrador de recepción.
Allí me dijeron que los pasajeros ya salían. A los pocos minutos hicieron su aparición. Se trataba de un conocido deportista acompañado por una señorita.
El señor abrió la puerta y me hizo la seña de silencio con su dedo índice sobre los labios y acto seguido me dijo que la señorita debería salir sentada adelante conmigo en el asiento del acompañante, como si fuera yo quien saliera con ella de aquel sitio.
Así ocurrió. La señorita se sentó y él se tiró en el piso del asiento trasero para no ser visto y salimos del albergue.
La señorita sentada a mi lado no dijo una sola palabra en todo el trayecto que duró el viaje. Tenía una peluca rubia y al verla más de cerca noté sus manos y pies de un tamaño que no era el normal de una dama. Se trataba de un travesti.
El señor que estaba en el piso del asiento trasero también habló poco y me pidió discreción.
Yo solo cuento la acción y no estoy juzgando ninguna actitud. Creo que cada uno es dueño de hacer lo que quiera o necesite siempre y cuando no perjudique a un tercero.
A los pocos minutos llegamos a destino. Era una calle empedrada. Había varios autos estacionados. Nos detuvimos junto a uno de marca importada, de color muy llamativo. Entonces me preguntó si el lugar estaba solitario; cuando tuvo la certeza que no había personas en las inmediaciones, pagó su viaje en taxi, con una importante propina, bajó y subió con su acompañante prestamente a su coche y arrancó lentamente, para no llamar la atención puesto que ese tipo de vehículo tiene un escape muy ruidoso.
Me quedé unos minutos observando como se alejaba aquel personaje ídolo de las tribunas. Sacudí la cabeza y me concentré en volver a buscar pasajeros.
Son algunas de las historias que se generan en el taxi.