Los avatares de un hombre común frente a la incompetencia
El señor González corre de un empleo a otro. Ha logrado criar a sus hijos, conformar medianamente a su mujer y establecer una casita (propia) en Vicente López. A veces, siente que debería gozar un poco de la vida. Digamos: diez minutos.
El señor González hojea los diarios del domingo. Lo atraen mil anuncios llamativos de celulares, televisores, lotes en Mar de las Pampas, autos nuevos, comprimidos de vitaminas, jarabes energizantes, aparatos eléctricos que reducen la obesidad en siete días, cursos de inglés y francés y hasta chino mandarín en DVD. Nada de esto lo seduce, entre otras cosas porque no tiene plata. Sus ahorros están en un plazo fijo, "por si pasa algo".
Pero de pronto, excitado por el comienzo del torneo Apertura, el Sr. González piensa lo siguiente: "Siempre me ha gustado el fútbol. Pero a la cancha ya no se puede ir. Además, cada día veo menos, sobre todo sin anteojos. Ahora han inventado esos televisores maravillosos donde las cosas se ven mejor que en el cine. ¡Mejor que en la platea! Y ya van dos mundiales que dejo pasar sin un plasma en mi casa. ¡Es hora de que me consiga un LCD! Finalmente, para eso trabajamos. Para pagar unos minutos de felicidad."
El hombre consulta la idea con su mujer, que comparte el proyecto. Lenta y cautelosamente, durante dos semanas, va madurando la compra y estudiando los anuncios publicitarios.
Ha llegado el día "D". La decisión está tomada. González abre los ojos de golpe, a las seis de la mañana, y siente que ha llegado su hora.
Llama por teléfono al banco. El call center lo demora unos minutos: "Buenos Días, gracias por llamar al Banco Ladri... Si usted quiere comunicarse con la sección cuentas corrientes, marque uno... Si desea hablar con la sección Cajas de Ahorro, marque dos... si quiere hacerlo con la sección Cajas de Seguridad, marque tres..."
González logra quedar al habla con la secretaria del Encargado. Luego, conversa con el Encargado, de modo que este lo comunique con el Sub-Gerente de Sucursal. Este, a su vez, lo pone con el Gerente, que al cabo de un segundo lo deriva al Oficial de Cuentas. El viejo y querido Galíndez.
- ¡Hola! ¿Galindez? Habla González, José González. Lo molesto porque hoy al mediodía voy a pasar a retirar unos pesos de mi plazo fijo. Son once mil.
- Ah, ah ah. Esa cantidad a la una no la estamos teniendo disponible, por un problemita de caja, González. Pero yo se lo voy a solucionar. Hagamos una cosa. ¡Pase mañana a las dos y hable directamente con Nélida, en ventanilla!
- No, Galíndez. Mañana no. Porque mañana me van a estar esperando, en fila, los ladrones. Voy a pasar hoy al mediodía, porque mi plazo fijo vence hoy.
- ¡Bueno, bueno, bueno! Veremos qué se puede hacer.
González llega al banco con anteojos negros, acompañado de su fiel amigo Pérez, al que conoció hace muchos años, en la colimba. Pérez es policía y conoce de estas cosas.
El prestigioso banco, donde miles de jubilados, contadores, cadetes, secretarias y gestores se apretujan en las colas, parece una verdulería de puertas abiertas. Muchos desconocidos circulan sin rumbo fijo y algunos, directamente, observan a las personas que extraen dinero de las cajas.
Pero González está tranquilo, ya que a su lado está Pérez. Este lo acompaña, pues, a la ventanilla de banco, juntos retiran la plata y juntos van al baño, donde distribuyen el dinero en distintos paquetes y bolsillos.
Los dos amigos salen corriendo del banco, como ladrones, y toman un taxi, directamente a Electrodomésticos El Choro. Una importante firma de la especialidad, a cuatro cuadras del Obelisco. Una vez allí, entran juntos y Pérez se deshace de todos los paquetes y billetes, entregándolos a su legítimo dueño.
- Tomá, tomá y tomá. Parece mentira. ¿No, González? Tanto lío por once mil pesos. Pero bueno. Mejor cuidarse ahora que lamentarse mañana. ¡Chau! Cualquier cosa que necesités, avisame...
González entra pisando fuerte al salón de ventas de la prestigiosa compañía El Choro. Lleva once mil pesos, en efectivo, en el bolsillo del saco. Mira nervioso su reloj: dispone sólo de cuarenta minutos hasta la hora de entrada del próximo empleo. Por suerte, ya ha decidido su compra y no necesita estudio de mercado.
Los empleados miran el techo o leen un papelito cuando González entra al salón. Sin demoras, busca a un joven y lo toma del brazo.
- ¡Pibe! ¿Vos estás trabajando?
- Eh... ¿Por qué?
- Porque quiero hacer una compra.
- Bueno... sí. Usted dígame cual es su problema...
- No tengo ningún problema. Quiero comprar ese televisor LCD que está ahí. Ese.
- ¿El Standard Phantom de 42?
- No sé cómo se llama. Quiero ése.
- Ah. Espere un minuto por favor.
- En la vidriera está anunciado: vale 10.500 pesos. ¿Verdad?
- Espere un minuto que enseguida le vamos a informar, señor.
El joven empleado, que tiene el pelo engomado con las cerdas hacia arriba, y una mueca triste en la cara, desaparece. Pasan diez minutos. González camina por el salón, observa otros televisores, algunos celulares, videofilmadoras, cámaras y agendas electrónicas, todos iluminados con bellos reflejos de colores. Las vendedoras y los empleados conversan entre sí, con el rostro pálido.
Nuestro empleado reaparece, caminando lentamente.
- ¡Pibe! ¿Qué te pasó? ¡Ya perdimos diez minutos!- lo increpa González.
- Eh... sí, señor. El precio es como usted decía. Diez mil quinientos pesos, con una bonificación extra si usted lleva un reproductor de DVD, siempre que sea de la marca Standard, porque la oferta es de Standard Phantom, y también...
- ¡No, gracias, no quiero nada! Apurate, por favor, que no tengo tiempo. Quiero pagar e irme. ¿Te dejo la dirección?
- Eh... le explico, señor. El Standard Phantom de 42, que tenemos en depósito actualmente, no tiene sintonizador...
- ¿Sintonizador? ¿O sea, el botoncito para cambiar de canal?
- Eh, digamos que es la aplicación electrónica de la frecuencia catódica. El cursor le permite encender el equipo y una válvula térmica sirve para regular la visualización dentro del espectro de emisiones realizadas en el área...
- ¡Ah, el cambia-canal! Entonces no es un televisor, es un monitor. ¿Yo para qué lo quiero? ¡No sirve!
- Sí señor, por eso le estaba diciendo...
El empleado lo mira desde su profunda melancolía.
- ¡Bueno, no importa! Dame otra marca, otro tamaño, pero que valga la misma plata. Apurate, por favor, no tengo tiempo, me esperan en mi trabajo...
- Podría ser el Theater Pan-Scenic View, pero no sé si tengo en stock...
- ¡Bueno, que sea ese u otro, pero metele por favor!
- Espere un minuto, señor.
- ¡Apurate!
El joven desaparece otra vez. González recorre el salón, maldiciendo al reloj, que dispara más de lo debido. Cuando ya se acercaba a la puerta de la Gerencia Operativa para presentar una enérgica protesta, el muchacho reaparece.
- No me quedan, señor. Pero tenemos el Hi-Tech Panoramic LCD Special.
- ¿Cuánto cuesta?
- Ese está en... ¿A ver? Me fijo en el directorio de tarifas bonificadas: acá está. Sí. Serían 11.000 pesos.
- ¿Serían o son?
- Son 11.000 pesos.
- Bueno, perfecto. ¿A dónde hay que pagar?
- Un momento, señor. Facturación es por acá. Acompáñeme...
- ¿Facturación? ¡Yo tengo que pagar e irme! Decime una cosa, pibe. ¿Cuándo me mandan el televisor?
- Mañana por la mañana, señor. ¿Usted vive en capital?
- No, en Vicente López.
- Ah, entonces tendría que ser el viernes. O el lunes.
- Está bien. ¿A qué hora pasan?
- A la mañana o a la tarde, señor.
- ¿Y lo enchufan y lo encienden y el televisor queda andando?
- Ehhh... los señores del reparto le dejan el televisor, todo completo en su caja con los accesorios... Usted va a ver que dentro de la caja hay un folleto, que tiene adentro una hojita, con los técnicos autorizados. Usted tendría que buscar el técnico que corresponda a su zona... ¿Vicente López me dijo? Bueno. Lo llama y solicita la instalación, y entonces los técnicos le darán un turno para pasar a realizar la instalación.
- ¡Bueno, está bien! ¿Dónde hay que pagar?
- Aquí lo dejo con Romina, gerente de facturación.
González se encuentra ahora, de pie, ante una chica preciosa de 25--30 años que, inclinada sobre un mostrador de aluminio, le sonríe fríamente.
- ¿Su nombre, señor?
- José González.
- ¿Domicilio?
- Vicente López, avenida Maipú 3333, al fondo.
- ¿Edad? ¿Teléfono? ¿Estado civil? ¿Número de documento?
- Un momento Romina. ¿Para qué quieren todos esos datos? Yo vengo a hacer una compra grande, al contado. Son once mil pesos. Quiero pagar e irme. No tengo tiempo.
- Unas preguntitas, nada más, señor. Enseguida terminamos.
Resoplando, González murmura sus respuestas hasta que la muchacha, tipeando con dificultad y corrigiendo algunos errores, llena un enorme formulario. Luego extrae de la computadora esa hoja sábana y arranca un talón, que entrega a González.
- Puede pasar por caja, señor.
A la carrera, el hombre busca las ventanillas de caja. Pero resulta que están en el tercer piso. Tengamos en cuenta que Electrodomésticos El Choro es una grandísima compañía. ¡Esta sucursal tiene, incluso, escaleras mecánicas! El sulfurado cliente sube los escalones de dos en dos y corre hasta la Caja. Allí se encuentra con una larga fila. Desde las ventanillas, un joven en mangas de camisa, impávido, anuncia:
- ¡Señores, quiero aclararles que yo no los voy a atender!
- ¿Por qué?- pregunta González, desencajado.
- Porque los va a atender mi compañera.
- ¿Y donde está tu compañera? Para nosotros es igual.
- Mi compañera... está en el break.
González mastica furia y mira el reloj. La compañera no aparece. Pero al cabo de un buen rato, varias chicas caminan y conversan distraídamente detrás de las ventanillas. González se acerca, furioso.
- ¡Oiga, señorita! ¿Qué pasa?
- ¿Por qué, señor?
- ¿Por qué no nos atienden?
- En este momento estamos sin sistema, señor.
- ¿Y cuando se va a arreglar eso?
- A lo mejor en un minutito, no sabemos, señor. Puede tardar una hora. O dos.
González suspira profundamente. Mira su mano derecha: allí está el cupón de la factura. Palpa con la izquierda el bolsillo interno de su saco, donde abultan los once mil pesos. Un animal dormido se agita en su cerebro atiborrado de preocupaciones y harto de ultrajes. Con pasos de momia, se acerca a la ventanilla.
- ¡Señorita, aquí tiene su factura! ¡Anulen todo, no quiero nada! ¡Pueden guardarse el plasma donde les quepa, no lo necesito! ¡He comprendido que voy a vivir mucho mejor sin ese aparato de porquería!
- Bueno, señor... No me grite.
Mientras González sale de El Choro con largas zancadas, la cajera mira a su compañera, también muy joven, que se le acerca sin comprender.
- ¿Qué le pasaba a ese tipo?
- No sé, che. La gente está re-loca y se desquita con nosotras. ¿Viste qué cosa?