Los desaforados del fútbol le reclaman a la AFA ser designados acomodadores del público en los estadios
No han hecho un examen de conciencia ni parece que estén dispuestos a hacerlo. Los barrabravas que infectan y ensombrecen el fútbol argentino, y avergüenzan a los sectores sensatos de la sociedad, consideran que son inocentes de los atropellos y los delitos que les son imputados. Por esa razón, han dado a conocer la pretensión de que la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) y los clubes a ella afiliados los designen "guías acomodadores" de los estadios en que es practicado ese deporte.
Esa insólita aspiración hace pie probablemente en la curiosa protección con la cual medran merced a la intervención de elementos afines a personajes vinculados con el gobierno nacional. Amparados por esa situación, los barrabravas han obtenido personería, corporizada en la organización denominada Hinchadas Unidas Argentinas (HUA), y también sede, instalada en un petit hotel de las inmediaciones del Congreso, en pleno barrio de San Nicolás.
En ese lugar, algunos de los más conspicuos líderes de las turbas que merodean por las tribunas para imponer sus prepotentes comportamientos hicieron pública su imprevisible exigencia. En concreto, quieren que 50 integrantes de cada una de las barras bravas malamente embanderadas con los clubes de fútbol sean reconocidos como acomodadores, con la finalidad de ayudar al mantenimiento de la seguridad en los estadios. Y, como si eso fuera poco, pretenden ser seleccionados y capacitados para esa tarea, que hasta implicaría colaborar con las fuerzas policiales.
No se entiende cuáles son los fundamentos razonables que avalarían esa exigencia de los barrabravas. A pesar de que se presentan a sí mismos como desoladas víctimas de la incomprensión ajena -"en Sudáfrica, durante el campeonato mundial, nos espiaron y maltrataron", se quejaron-, su denso historial es negro, pues está plagado de agresiones, desórdenes, amenazas, robos, consumo y venta de drogas y hasta asesinatos. No se aprecia, entonces, cuáles son los méritos y las aptitudes que podrían justificar su pedido.
Al margen de esa consideración esencial, mal podría la AFA hacer otra cosa que interceder por ellos -por supuesto, si lo mereciesen, que no es el caso-, dado que la designación de su personal es un acto privativo de los clubes, que imprescindiblemente deberían tener la aprobación de sus asociados.
Así y todo, no sería improbable que los barrabravas obtuvieran algún respaldo no del todo inesperado. Bien conocidas son las encubiertas contribuciones que suelen recibir de manos de interesados dirigentes y atemorizados futbolistas.
Afortunadamente, se han oído algunas opiniones sensatas. El ex presidente de Lanús Alejandro Marón, por ejemplo, expresó que no le asiste razón de ser al proyecto. "Cuando se quiere tratar de regular algo que es tirado de los pelos, no le veo ningún sentido", expresó. Y el presidente de Vélez Sársfield, Fernando Raffaini, lo juzgó "absurdo, porque los barras siempre restan".
Poco después de esas declaraciones y por cuerda separada se enfrentaron facciones encontradas de las respectivas barras bravas de Estudiantes de La Plata y de Vélez Sársfield. Este último episodio, librado en el interior de esa entidad, fue un recio choque, con abundancia de golpes y varios disparos de armas de fuego.
Mientras tanto, según afirmó el inspirador de HUA, Marcelo Mallo, otras entidades "nos dieron el visto bueno para sumar a los muchachos". Palmaria contradicción que explica por qué las barras bravas siguen medrando con el fútbol, y la violencia en las tribunas no ha podido ser erradicada de los estadios.
Se trata nada más ni nada menos que de una flagrante coacción que, en definitiva, equivaldría a habilitar el ingreso del zorro en el gallinero o a confiarles la seguridad de las calles a los ladrones. La dirigencia de la AFA, encabezada por el inamovible Julio Grondona, y de todos los clubes de fútbol, sin excepción, deberían sentar una actitud ejemplar: no prestarle ni siquiera la mínima atención a este velado "apriete" concretado por un puñado de personas que, en algunos casos, integran auténticas asociaciones delictivas.