Era verano. Un domingo muy caluroso y soleado. Recorría una avenida buscando pasajeros. Pocos transeúntes por las calles y la radio apenas emitía viajes. Y como suele suceder en días así, los pocos viajes que trasmitía el sistema estaban lejos de la zona por donde yo andaba.
Pero todas las esperas no son interminables y al llegar a la esquina una señorita mi hizo señas. Detuve el auto y ella se subió. Me llamó la atención que la pasajera estuviera enfundada en un piloto largo, tenía un grueso pañuelo al cuello y un gorro de lana que le cubría la cabeza hasta las orejas. Me indicó el destino del viaje. Quería ir a Olivos, en la calle Fermín Félix de Amador y Chacabuco. Puse primera y encaré hacia allí.
La señorita viajaba mirando hacia el paisaje exterior, seria y poco conversadora en aquellos primeros momentos.
Al cabo de un rato me dijo: "Que difícil y triste es la vida, ¿verdad señor?". La miré por el espejo y debajo del gorro, sus ojos negros estaban brillosos, las lágrimas no habrían de esperar mucho más.
Entonces me surgió el paternalismo y le pregunté que le pasaba y la pasajera, que se llamaba Lucrecia, comenzó a relatarme su historia.
Hacía casi un año se había separado del esposo. Ella tenía 23 años y un hijo de dos años. La separación se había producido porque había encontrado a su marido con su mejor amiga en su propia casa en Lanús. A partir de ese momento se había acabado todo. Con un hijo recién nacido cayó en un pozo depresivo muy grande. Luego le siguieron los trámites de divorcio e irse a vivir con su madre en la zona norte del gran Buenos Aires.
Finalmente todos aquellos disgustos incidieron directamente en su organismo y empezó a sentirse muy mal. Perdió muchos kilos de peso y comenzaron a hacerle estudios médicos para saber de qué se trataba.
Padecía de cáncer de útero. Luego vinieron los interminables tratamientos, la quimioterapia, el apoyo psicológico, y demás cuestiones. Todo esto, con tan poca edad.
En un primer momento no supe que contestarle. Entonces se sacó el gorro de lana y grande fue mi sorpresa cuando visualice que por efecto del tratamiento estaba totalmente pelada.
Se puso a llorar y me dijo que quería seguir viviendo para criar a su hijo, pero que los resultados últimos no habían sido muy esperanzadores.
Entonces le pregunté que era lo que ella más quería, además de curarse.
Me contestó que era a su hijo. Le respondí que estaba de acuerdo, pero solo parcialmente, porque lo que mas tenía que querer ella era primero a si misma, aunque esto pareciera una actitud de egoísmo.
Puesto que si ella se quería primero a si misma, era muy probable que el mal que la aquejaba pudiera retrotraerse y de esa forma al mejorar podría dar todo su amor a la criatura.
Se quedó unos minutos en silencio mirando hacia afuera por la ventanilla. Ya casi llegábamos al destino prefijado. Me pagó el viaje, se volvió a colocar el gorro diciéndome que si las cosas mejoraban, algún día nos volveríamos a comunicar.
Me alejé con un sabor amargo por la historia de ésta chica que a tan corta edad ya había conocido tantas maneras de sufrimiento.
Como consecuencia de este espacio que comparto con ustedes todos los lunes, me llegan comentarios a mi mail particular desde muchos sitios. Hace algunos meses recibí un mail de Lucrecia. Me contó que está viviendo en la Patagonia, cerca de Caleta Olivia, junto a su hijo y su mamá, e intentado rehacer su vida. Me dijo que ahora responde muy bien al tratamiento y se ha producido una remisión en su enfermedad.
Ha sido una alegría muy grande volver a tener este contacto con ella y esto nos demuestra que nunca hay que bajar los brazos y seguir luchando, primero por uno mismo y luego por el entorno que nos acompaña.
En los próximos días me habré de contactar nuevamente con Lucrecia y más adelante habré de contar como continúa con su vida.