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El señor González sufre un asalto

El domingo a las siete de la tarde, infinitas caravanas de autos circulan por la Panamericana, la ruta 8, el acceso oeste, norte, la autopista Buenos Aires - La Plata y otras.

El señor González sufre un asaltoEn los ingresos o bajadas de estas rutas, que frecuentemente atraviesan barriadas humildes o sitios descampados (de aquellos que ahora llaman "No-lugar") los automovilistas deben detener el auto, frente a los semáforos en rojo. Allí forman una larga fila. Aprovechando esos minutos de pausa, aparecen de la nada niños malabaristas, vendedores de golosinas, muñecos o llaveros, señoras con el bebé dormido en brazos que piden una monedita "por el amor de Dios", algunos que "lavan" el parabrisas más o menos de prepo, y hasta prostitutas o travestis. Hay de todo.

En esto pensaba el Sr. González, con el auto frenado. El semáforo en rojo se encontraba a unos 20 metros, es decir que había tres vehículos delante de González.

Un adolescente de 16 años, alto, se acercó a la ventanilla de Gonzalez. Apoyando la nariz en el vidrio, abrió muy grandes sus ojos negros de bellas pestañas y deletreó unas palabras en el silencio, con su boca de dientes blancos: "Quie-ro el ce-lu-lar y la pla-ta. ¡Toda la pla-ta!".

Las puertas estaban cerradas con seguro y las ventanillas herméticamente selladas, de modo que González tenía que leer los labios del chico. Se entendía perfectamente. Se inclinó hacia un bolso, que estaba sobre el asiento del acompañante, y comenzó a abrirlo lentamente, mientras pensaba a toda velocidad.

"¿Tendrá un arma? - pensó- a lo mejor tiene un revolver o un cuchillo, pero no quiere que lo descubran los otros automovilistas. Desde afuera, sólo se ve como un muchachito que se acerca al auto, a pedir algo, a decir algo. Nada grave. ¿Y si tiene un arma? ¿Si está esperando que le dé mis cosas para pegarme un tiro después, como hacen algunos? ¿Habrá llegado mi último minuto? De cualquier modo, no le voy a entregar el celular. Allí tengo los mensajes de texto de mi hija que está de viaje. El celular es mi vínculo con Susanita, todos los días. El mensaje que me hace vivir. No lo voy a entregar. Buscaré la billetera, pero en la billetera están mis tarjetas de crédito, mis documentos, mi registro de conductor, mi agenda... Trataré de hacerlo muy lentamente, porque en algún momento la luz del semáforo va a cambiar, y estaré liberado, y podré arrancar el auto, y este muchacho no podrá hacer nada. Pero... ¿Y si tiene un arma? ¿Si me dispara?".

Mientras pensaba, González sentía que una gota de transpiración le corría por la nariz. Lentamente, revisaba el contenido del bolso. Giró la cabeza para mirar hacia la ventanilla. El adolescente seguía allí, los ojos desorbitados, haciendo muecas cada vez más impacientes: "¡A- pu-ra-te! ¡Quie-ro todo! ¡Da-me to-do!"

González encontró la billetera. Con la cabeza gacha, extrajo un billete de cien pesos y escondió la billetera entre zapatillas y remeras. Volvió a incorporarse y, oprimiendo el control, abrió una hendija de la ventanilla. Ahora sí se escuchó la voz del muchacho, gutural y violenta: "¡Dame todo, guacho, dame todo!"

González pasó el billete de cien por la abertura.

Mientras el muchacho agarraba de un manotón los cien pesos, González pensaba: "¿Esos dos tipos, que están en la banquina mirando hacia aquí, no serán cómplices del que me está asaltando? ¿Y si hay otro más en una moto, con un arma? ¿Y si me pinchan las gomas y me traban el auto?". Su cabeza funcionaba frenéticamente, como sólo sucede en los momentos de gran riesgo. En una fracción de segundo, viajando por el océano de la memoria, apareció la cara de su abuelo (el señor González, originario de Asturias, España) diciendo: "Nosotros vinimos a la Argentina, querido, porque allá en nuestra tierra había hambre. Este es un país rico, y generoso. Acá tiran la comida a la basura. No saben las que hemos pasado los españoles, los italianos, los sirios, los polacos, los alemanes, los irlandeses. Aquí en la Argentina se ganaban fortunas. ¡Uno podía construirse su propia casa! Así fue que progresamos, trabajando duro. ¡Y eso que éramos analfabetos! Calculá vos, hijito, que estás en la Facultad. Tienes un gran futuro, hijito, un grandísimo futuro..."

Se disipó la imagen del abuelo. González se encontró ahora con otra cara, la del adolescente que guardaba el billete robado en un bolsillo y vociferaba: "¡Dame todo, viejo de mierda, dame todo!"

De pronto, la luz del semáforo cambió. La fila de autos arrancó. González puso primera y aceleró a fondo. El muchacho, que estaba apoyado en el auto, trastabilló y arrojó un manotazo, pero sólo alcanzó a golpear el baúl.

De pronto, González estaba otra vez libre, seguro en la intimidad de su propio auto, circulando a 100 kilómetros por hora sobre la confortable Panamericana, flanqueada de espléndidos afiches luminosos que vendían chocolates, o licores, o bikinis, o candidatos a senador, o zapatillas deportivas. Pasó una gigantografía de vivos colores, donde una muchacha enseñaba las nalgas y arrojaba un beso al vacío. El brazo pícaro le tapaba casi, casi, los pechos. Preciosa.

González pensaba en el momento que acababa de vivir: "Por lo menos, no me pegó un tiro, ni me sacó el celular, ni la billetera. Tendría que hacer la denuncia. Pero... ¿Qué voy a denunciar? ¿Que un adolescente se acercó a la ventanilla y me habló? Bah. ¿Los otros automovilistas no notaron que estaba ocurriendo algo raro? No, supongo que no. ¿Por qué no apareció un policía? Qué se yo. Nunca están. En fin. Tuve suerte, dentro de todo".

González bajó de la Panamericana y atravesó la ciudad, pasando todos los semáforos en rojo. Medida de seguridad.

Por Rolando Hanglin
Especial para lanacion.com

Martes 17 de agosto de 2010

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