Bailotea mágicamente, con sus piernas largas y flacas.
En la extensión de brazos le saca ventajas claras a un duro polaco de nombre y apellido impronunciables, Zbiegniew Pietrzykowski. Lleva una musculosa con el N° de participante 272 y pantaloncitos brillosos de color claro. Tiene apenas 18 años, combate en semipesados. Es norteamericano. De Louisville. Admirador de Jack Johnson, el primer campeón mundial pesado negro.
Aquel 18 de agosto de 1960, Roma vibraba al ritmo de los Juegos Olímpicos. Con 83 países participantes y 5348 atletas. Aunque algo era más importante aún para su país, Estados Unidos: por primera vez, los Juegos eran vistos en vivo a través de la CBS. El precio de los derechos resulta hoy irrisorio: US$ 394.000.
Cassius Marcellus Clay presentaba sus credenciales de boxeador exquisito no exento de contundencia. El personaje no tardaría en llegar, pero aquellos eran tiempos de disfrute de su ortodoxia. Además, fue uno de los tres oros de su país sobre el ring, junto con Eddie Crook (mediano) y Skeeter McClure (mediano junior). Un año en el que, también, nuestro Abel Laudonio lograba el bronce entre los livianos.
La decisión en esa final olímpica fue categórica: 5-0 fallaron los jueces. La medalla dorada resplandecía. El mundo empezaba a hablar de aquel fenómeno que desplegaba destreza sobre el cuadrilátero. No sería, ése, un oro cualquiera, sino emblemático en un sentido más abarcativo.
En el regreso a casa, una noche de festejo le prohibieron la entrada en un bar de su Louisville, primero; luego, una moza se negó a atenderlo porque "era negro". Clay salió furioso, se quitó la medalla y la tiró al río Ohio, como mensaje contra el racismo. Medalla que, simbólicamente, le restituyó el COI durante los Juegos de Atlanta, en 1996, cuando Clay ya era Muhammad Alí y, en plena lucha contra el Parkinson, encendió el pebetero en una noche conmovedora aún hoy, en el recuerdo.
Pasaron 50 años de aquella conquista. Hoy, el gran Alí, con 68, percibe lo que puede del mundo que lo rodea. Quizá sin darse cuenta de la admiración que despierta. La misma que probablemente algunos presagiaron en Roma, cuando la leyenda estaba en sus albores.
La lucha contra el racismo sigue en pie. No la ha vencido ni él ni otros ilustres que buscaron afanosamente instaurar un mensaje. Porque el legado de Alí, nombre adoptado al pasarse al islam, pretendió ser más profundo que unos guantes de boxeo. Demostrado, incluso, cuando se negó a ir a Vietnam en 1967, lo que motivó que se le quitara el título mundial de los pesados y quedara sin pelear durante un par de años. Para luego constituirse en un inolvidable campeón. Polémico, provocador, generador de idolatrías y odios.
Medio siglo de aquel oro para siempre. El río Ohio sí que guarda un tesoro invalorable.