El futuro de los films en 3D está en discusión, entre el respaldo del público y el surgimiento de varios reparos
Con más de 220.000 espectadores, El último maestro del aire cerró ayer su primera semana en cartel al frente de la concurrencia a los cines. Al mismo tiempo, la película más vista resultó la menos favorecida por las críticas entre las novedades de la semana última. No será la primera ni la última vez en que se registre este rotundo divorcio entre el veredicto de los críticos y el de los espectadores, pero en este caso aparece un elemento clave para resolver de inmediato esta paradoja: la irresistible atracción que despierta hoy cualquier título presentado en formato 3D.
El fenómeno adquiere ribetes notables. Los espacios digitales 3D no superan aún el 10 por ciento del total de pantallas cinematográficas disponibles en la Argentina y ya generaron en lo que va del año alrededor del 28 por ciento de la recaudación total.
Ese aún exiguo número de salas 3D consigue hoy aportar más del 50 por ciento de los ingresos de las películas estrenadas al mismo tiempo en ambos formatos. Por eso, lo que ocurrió con El último maestro del aire seguramente se repetirá a partir de hoy en el caso de Como perros y gatos 2 , que confinará al film de M. Night Shyamalan a las funciones nocturnas.
En este caso, la demanda supera largamente la oferta y una lista de espera de 11 títulos en 3D, programados de aquí a fin de año, augura más de un cuello de botella. En septiembre llegarán Step Up , Gaturro y la muy esperada Ga´Hoole, la leyenda de los guardianes (ver recuadro); en octubre, X Games y Resident Evil 4 , y en noviembre El juego del miedo 3D y el nuevo film de Harry Potter.
Todos quieren ver cine en 3D y todos quieren hacer películas en 3D. Hollywood tiene 60 producciones en marcha para 2010. Y allí la expectativa empieza a chocar con algunos reparos. El respetado crítico de Entertainment Weekly Owen Gleiberman se preguntó hace poco si esa gigantesca apuesta de la industria por el 3D resulta la medida más fidedigna del actual gusto del público. "¿No será que hay éxitos en 3D que son éxitos por sí mismos y no porque aparecen en ese formato?", se pregunta Gleiberman, citando específicamente el caso de Alicia en el P aís de las Maravillas, de Tim Burton.
Los reparos se ampliaron en el reciente encuentro Comic Con, a tal punto que The New York Times se refirió en una extensa nota a las "formas de resistencia" que aparecen en Hollywood frente al "empujón" que aplica la industria hacia el 3D. El virtual líder de esa tendencia es J. J. Abrams, que dejó en esa convención una frase cargada de significado: "Cada vez que nos ponemos los anteojos, todo empieza a oscurecerse".
¿Cansancio? ¿Saturación? ¿Rechazo a la unanimidad? Los dichos van en línea con otro dato recogido por el diario, según el cual una encuesta entre fans de El hobbit arrojó un unánime rechazo a la posibilidad de que la futura adaptación al cine se haga en 3D. Las negativas más rotundas pasan por la idea de recurrir a último momento a esa tecnología para que films originalmente realizados en formato convencional terminen estrenados en 3D.
Entre nosotros, en cambio, reina el optimismo y todos auguran que para las próximas vacaciones de invierno se duplicará el número actual (unas 70) de salas 3D. "El nuestro es un mercado todavía poco desarrollado y que está para crecer por el lado del cine y también de contenidos alternativos, como el fútbol y la música. Es todo tan nuevo que tenemos mucho para aprender, y el actual cuello de botella se irá normalizando naturalmente con el tiempo", dijo Martín Alvarez Morales, gerente general de Cinemark.
Su par de Hoyts, Pablo Lundahl, dijo que la respuesta del público se debe a que valora al 3D como una opción diferente a lo que se vio hasta ahora: "Es cierto que hay películas que no cumplen con las expectativas, pero en el corto plazo la gente se irá poniendo más selectiva. Por ahora, el interés es tan grande que si yo mañana pongo a la venta las entradas para Harry Potter en 3D, las agoto completamente de aquí al estreno en noviembre".
Por Marcelo Stiletano
De la Redacción de LA NACION