Uno, en el taxi, puede encontrarse con infinidad de posibilidades extrañas o comunes cuando sube un pasajero. Aquel sábado, cerca del mediodía, en el barrio de Colegiales subieron dos chicos que vestían ropas deportivas, llevaban unos bolsos y algunas bolsas plásticas con panes y otros alimentos. Se dirigían a la sede de Palermo del Club de Gimnasia y Esgrima
Eran jugadores de rugby y participaban en el equipo del club. Con el trajín, me olvidé de preguntarles el nombre. Durante la charla recordé a otras personas que oportunamente había llevado y que tuvieron vinculación con el club GEBA y con ese deporte.
Seguramente los lectores seguidores de esta columna recordarán la nota sobre quien fuera el presidente del club, Héctor Maselli, que además fue actor en la radio, escritor y director televisivo; y al gran aficionado al rugby, el genial publicista Hugo Casares.
Los pasajeros llevaban en las bolsas plásticas panes como para el milagro del sermón de la montaña, una bolsa con dos botellas de tequila y otras con algo para completar los sándwiches que harían al terminar el partido; durante ese maravilloso tercer tiempo que se genera entre los contendientes de un partido de rugby.
Creo que se genera una sensación de mayor camaradería entre los grupos de rugby y de golf -lo que se conoce como Hoyo 19- que en otro tipo de deportes.
Antes de concluir el viaje les recordé a mis pasajeros los años en que participaba y presenciaba los partidos de rugby. Si bien en aquel entonces vivía en Olivos, era seguidor del CASI y también de San Fernando. En aquellos años, el partido más lindo y peleado con toda la garra que vi fue el que jugaron San Fernando y el siempre recordado Old Georgian, que se disputó bajo una copiosa lluvia. Al cabo de veinte minutos, no se podía distinguir cuál era la camiseta de cada equipo, ni qué decir de la cara de los jugadores. Hasta los espectadores teníamos barro en nuestras ropas.
Mis pasajeros se bajaron con la premisa de ganar el encuentro y tal vez de volver a encontrarnos algún día.