-¿Al Amazonas? ¿Y qué van a hacer ahí? ¿No es peligroso?
Hemos visto muchas películas de anacondas tragando barcos, pirañas y caimanes comiendo gente, que de sólo escuchar la palabra Amazonas se nos vienen todas esas imágenes, junto con una sensación de peligro, por lo que es difícil planearlo como destino para nuestras vacaciones, y mucho menos verlo en publicidades de agencias de turismo.
Comenzamos a disfrutar el viaje mucho antes de que el avión aterrizara en Manaos, capital del estado de Amazonas, ya que durante las últimas horas de vuelo pudimos observar los extraños dibujos que forma la selva a medida que va entrelazándose con los ríos. En Manaos, el hotel resultó ser un increíble edificio de principios del siglo pasado, en el radio urbano, pero rodeado de selva, senderos, puentes colgantes, un zoológico y hasta un área aislada de jaulas para animales en cuarentena.
Allí empezamos a familiarizarnos con los sonidos, los olores y las sensaciones que despertaba este lugar. Y el viaje recién empezaba. Al día siguiente nos buscaron en lancha y navegamos hasta llegar al hotel de selva donde nos alojaríamos cinco noches. Nos recibieron con jugos tropicales, mientras nos estudiaban algunos guacamayos y monos curiosos desde el techo del inmenso quincho-lobby.
Las habitaciones eran cabañas en el río construidas sobre palafitos, donde debajo descubrimos que vivían caimanes. Actividades no faltaron, todas con guías: pescamos pirañas, caminamos por la selva, conocimos las casas flotantes donde viven los ribereños, o caboclos, que toleran la crecida anual del río de hasta 30 m. Como flotan, pueden mudarse con sólo arrastrarlas con canoas hasta encontrar un nuevo lugar.
Visitamos comunidades indígenas, tratando de subsistir en medio de una selva cada vez más amenazada por la civilización, y nadamos con los famosos delfines rosados. A la mañana, la selva nos despertó con sus innumerables y extraños ruidos, que con el paso de los días se hicieron más familiares. Al atardecer, con la puesta del sol, el río y el cielo se tiñeron de rojo intenso, y durante la noche, la luna llena apareció reflejada sobre la superficie del río e iluminó la selva. Si uno siente el síndrome de abstinencia de Internet, a pesar de estar lejos de todo hay Wi-Fi.
¿Al Amazonas? ¿Y qué van a hacer ahí? ¿No es peligroso? Después de visitarlo podemos decir que mucho más peligrosa e insegura es esta ciudad, ya que no hay vacunas ni precauciones suficientes que nos defiendan de las amenazas que nos acechan, y no es una sensación.
Hay tantas cosas para experimentar y descubrir que un viaje no alcanza. Este fue apenas un acercamiento a este exótico territorio. Eso sí, Brasil es Brasil, estés donde estés: caipirinha y fútbol en la playa o en medio del Amazonas.