El señor González, que toda la vida ha hecho lo correcto, lo legal, lo convencional, recibió una aterradora carta documento. Los hechos existen. Y son graves.
Lo acaba de denunciar su propia hija, Jessica, de apenas 23 añitos. La chiquilla está cursando la dificultosa carrera de Diseño de Indumentaria en una exigente universidad privada. Por lo tanto, solicitó al juez que exigiera a González (su papá) el pago de una cuota alimentaria, para completar sus estudios, ya que de otro modo se vería obligada a trabajar, y semejante carrera no es compatible con un empleo. Una vez obtenido el valioso título habilitante, Jessica podrá trabajar. Pero no antes. El señor González, pretextando que la muchacha ya era mayor de edad desde los 21 años y que esto lo eximía de la obligación de alimentarla, intentó lavarse las manos. Pero la cámara correspondiente acaba de sentenciarlo: debe pagar hasta que la hija cumpla 25 años, y una vez que se reciba de Licenciada en Diseño, solventar sus gastos durante un año adicional, para que la destacada universitaria tenga tiempo de acomodarse a su nueva vida y obtener un buen conchabo. Puede estimarse que Jessica dejará de percibir la cuota alimentaria alrededor de los 30 años.
González no está habituado a litigar, y menos con sus propios hijos. Este mal momento le alteró los nervios. Pero hay más novedades para este boletín: sobre llovido, mojado. Los nietos de González, por parte de su hijo varón, también le exigen cuota alimentaria. Ocurre que el papá, un muchacho de apenas 38 años, decidió viajar al Canadá para estudiar ikebana. No está ubicable. Y la furiosa ex-esposa de González Jr. respalda a los dos chiquillos, de sólo 18 años (son mellizos) mientras se entrena para concursar en "Bailando por un sueño".
Se van sumando las cuotas alimentarias. Para colmo, se ha presentado un nuevo pleito. González es dueño de un monoambiente en Lanús, que alquila para mejorar su economía. La inquilina, una impetuosa divorciada de 45 años, hace once meses que dejó de pagar el alquiler. Además, viajó a Francia, dejando en el inmueble a su mamá inválida de avanzada edad, que padece demencia senil, y a un perrito raza yorkshire. González no ha logrado desocupar el inmueble: está coordinando sus acciones con un escribano, el juez interviniente, la Sociedad Protectora de Animales y la Guardia del Hospital Muñiz, donde deberían trasladar a la anciana demente. Aunque para esto se necesitaría una ambulancia privada. Todo el operativo será monitoreado por el ombudsman y varias organizaciones de Derechos Humanos.
Anda muy nervioso el señor González, ya que al mismo tiempo se le presenta un problemita adicional. Nuestro hombre se desempeña como sub-gerente de Recursos Humanos del Banco Ladri, sucursal Vicente López. Se presentaron en su despachito dos empleados: los señores Pérez y García. Estos dos hombres solicitaban casarse (entre sí) para lo cual requerían formalmente una licencia prevista por la ley, y también una licencia por maternidad, adelantada, de 90 días a partir de la fecha. El señor González respondió de mal modo, diciendo algo de "abuso" o "viva la pepa", y a raíz de esta mala salida fue denunciado ante el INADI. El cargo es: discriminación.
No termina acá la cosa. González tiene también una quinta de fin de semana, en Ezeiza, que le permite oxigenarse durante los sábados y domingos. Allí, en la casita del fondo, vive el quintero, que se llama precisamente Quinteros. Quiso la mala suerte que González llegara a su quinta un jueves, y no -como de costumbre- el viernes a la noche. Se encontró, pues, con la hija de Quinteros, en compañía de unos amigos, practicando topless en la pileta. González puso el grito en el cielo y se desencadenó un incidente: ahora la muchacha sostiene que González la sometió a "abusos deshonestos con acceso carnal". Mientras se realizan los exámenes de ADN - porque la menor asegura estar embarazada- el hombre está acusado.
También le reprochan "violencia de género", pues al parecer zamarreó violentamente del bracito a la chica.
Ya se iniciaron los costosos procedimientos del juicio laboral, pues Quinteros, su mujer y sus siete hijos se declaran, todos, empleados despedidos de y por González.
Así pues, nuestro hombre, tan discreto y tan burgués, va sudoroso de un abogado a otro. Su mujer ya es, en realidad, una ex-mujer, y sólo se comunica mediante mensajes de texto a través del teléfono celular.
A veces, en su oficina del banco, González permanece largos minutos mirando un punto fijo en el vacío.