Reclama el ámbito legislativo porteño una seriedad institucional que en los últimos tiempos parece haber abandonado por motu proprio. El cercano horizonte electoral encolerizó los ánimos de varios diputados, que a diario alimentan sus tangibles intenciones de disfrazar a la Legislatura en un ambiente propicio para articular un vergonzoso show. Parodias, conclusiones irrisorias, chicanas políticas y falsos enojos están asegurados en un recinto que se maquilla cuando una cámara de televisión se enciende. Y que al final del día encuentra a aquellos legisladores enfrentados en la misma mesa de café.
Es cierto, cualquier espectador casual podrá suscribir allí cómo los políticos impostan la voz pese a que hablan por micrófonos, cómo alimentan los desagravios sin razón, cómo levantan el dedo índice con total indignación por quien sabe qué cosa..., cómo apuestan a la creencia de que, al fin de cuentas, la sociedad confía de su encendida defensa social. ¿Confía, realmente?
En este escenario podría encuadrarse, por ejemplo, la presentación de Mauricio Macri en la Legislatura porteña, el lunes pasado. Diputados referentes del arco opositor, que clamaban por esta necesaria visita del jefe de gobierno para que explicase todas las inquietudes sobre la causa de las escuchas ilegales, desperdiciaron una preciada ocasión para ahuyentar las suspicacias. Y fue un fiasco.
Ensimismados en la exposición de discursos autorreferenciales que le permitieran captar la atención de propios y extraños, olvidaron, acaso, lo más importante: su papel protagónico para investigar qué responsabilidad política tiene el jefe local en el hecho que se lo acusa. Prefirieron revelarle de antemano su veredicto condenatorio antes que preguntarle de manera inteligente y ordenada; optaron por pedirle que se "tome licencia", en el lugar de conocer cuestiones importantes de la causa, o quisieron decirle que "debe terminar en el basurero de la política", como el diputado Marcelo Parrilli (MST), antes que insistir frente a las generalidades que respondía Macri. En fin, eligieron salir del recinto para cumplir con la requisitoria periodística -y se incluye a legisladores oficialistas-, en el lugar de escuchar en su banca la teoría conspirativa del mandatario porteño.
No falta a la verdad el reclamo del arco opositor: Macri contestó poco y nada. Pero es una afirmación al menos incompleta: las preguntas fueron tan pobres que al fin de cuentas, la tan anunciada visita sirvió para nada.
Sin dudas, es un antecedente preocupante, cuando hoy comience a trabajar en la Legislatura la comisión investigadora especial, encargada de echar luz sobre la causa de Macri y las escuchas ilegales. Oficialismo y oposición ajustan estrategias. A juzgar por los hechos, no estarán tan centradas en la búsqueda de la verdad, sino en sacar buenos réditos políticos del asunto. La esperanza, frente al interés mediático que tiene el tema, es que esta vez gane la cordura; que el show político sea relegado a un segundo plano. A nadie le importa si tal o cual legislador o es buen o mal orador, sino que sea garante del interés ciudadano.
El camino es evitar la "tinellización" de una institución que hoy debe tratar con seriedad y respeto los temas que le competen. Y el espionaje telefónico en la Argentina, así lo requiere.